CUENTO



Artículo publicado por R.J. Sender en Heraldo de Aragón



(Historia de Lobera de Onsella)



Junto al ibón d'abaixo
n'a Val d'Onsera
a moceta ha perdido
o que teneba
.


Era mentira. La gente hablaba y cantaba, pero a la moceta no le había pasado nada, por entonces. Prisa que tenían algunos bucardizos viéndola tierna y en capullo.
A un amigo mío le dijo días antes que fuera a la estación de Villanúa y que en la parte de atrás encontraría un caballo -es decir, una yegua- atado a una reja. Mi amigo debía montarla y ella lo llevaría a un "mas" viejo de la Val de Onsera, donde "a moceta" lo esperaría. Los dos pensaban en la canción.
El viaje de mi amigo no fue cómodo, porque la yegua era un poco guita y caprichosa y antes de llevarlo a la Val de Onsera fue a visitar a todos sus amigos equinos que estaban en cobertizos abiertos al exterior en otros "mases". Allí se cambiaban resoplidos y relinchos y seguían después la yegua y el jinete su camino, es decir, la senda fuera de camino que la yegua elegía. En definitiva, el animal parecía estar en el secreto.
Poco antes de la noche se detuvo junto a una casa en medio de un llano verde. Mi amigo llamó sin apearse, pero la moceta no apareció. Nadie acudió a abrir. No se oía sino el viento, que remegía contra el picaporte una puerta mal cerrada.
Así y todo, pensando que aquél debía ser el lugar, mi amigo bajó. Era entonces aquel chico un joven de menos de veinte años y en todas las cosas buscaba el lado aventurero, es decir, la aventura propicia, claro. Nunca pensaba que pudiera haber algún peligro.
Entró en la casa, que estaba deshabitada, con telarañas en los rincones, y se sentó en un banco. Anochecía y con dificultad encontró un candil y lo encendió. Poco después llamaron a la puerta, fue a abrir y en lugar de la moceta apareció un hombre alto y viejo, desgalichado, con algunos pelos lacios que se le juntaban con las barbas cubriéndole parte de la cara.
Había algo vegetal y caduco en aquel anciano. Vegetal, caduco y amenazador.
-¿Quién es usted? -preguntó mi amigo, extrañado.
-Yo soy yo -respondió el viejo con una voz que se podría llamar mineral-, y tú has venido aquí a esperar a la moceta.
-¿La conoce?
-¿No la tengo de conocer? Es nieta mía.
-¿Quién es usted? ¿Un pastor?
-No. Yo soy un dios.
-Mentira -dijo mi amigo, asustado.
-Soy un dios antiguo.
El miedo le hizo a mi amigo ponerse un poco provocador:
-Lo de antiguo lo creo, pero, ¿y qué?
-Mi mujer era Hebe, bisabuela de la moceta.
-Más que bisabuela, sería.


Lobera d'Onsella desde el rio (Febrero-03)

-Eso, sí. Antes del cataclismo era ya viejo este dios de la Val d'Onsera y de toda la redolada desde la Canal de Berdún hasta la Lobera d'Onsella. Por entonces hablábamos de otra manera, aunque la Luna era ya la Luna, lo mismo que ahora.
-Usted es un pastor -repitió mi amigo.
-Dios y pastor y bien cabal era desde antes del cataclismo. Ahora soy solamente dios.
El "cataclismo" quiere decir en los idiomas viejos de la humanidad el "diluvio" o la "inundación". Añadió el viejo que tenía trece mil años mal contados. Mi amigo dijo: "Bueno, también yo soy un dios y tengo más de trece mil años. Al menos es lo que sueño cada noche desde que nací y si no lo soñara no podría vivir enteras del todo las veinticuatro horas del día siguiente."
Entonces vio mi amigo que el viejo llevaba colgado de la cintura un palo de roble rematado en una zoqueta de pedreña atada con cordeles de cáñamo. Y le oyó decir tranquilamente: "Vengo a matarte".
Mi amigo miró alrededor buscando algo con que defenderse. El viejo avanzaba sobre él, con su tosca hacha en la mano, y decía: "Tengo que matarte antes de que llegue la moceta". Como no encontraba a mano nada que le permitiera defenderse, mi amigo fue sobre él, le dio una patada en el estómago, del que se desprendió una nubecilla de polvo, y salió de la casa. Era ya noche cerrada, y, atada a un barrote, la yegua piafaba, nerviosa.
Se disimuló mi amigo en las sombras y el viejo, que debía ser medio ciego, lo buscaba en vano con el palo y la zoqueta en el aire. Sin querer le pegó a la yegua, que dio un respingo y tiró una coz. En las sombras, le decía mi amigo al viejo, por decir, pero convencido de veras: "Yo soy también un dios, aunque no lo parezca".
El viejo rugía como los goznes oxidados de una puerta:
-Te mataré antes de que llegue la moceta. Y veremos entonces lo que es cada cual.
Golpeaba a ciegas contra los árboles, contra la yegua otra vez, contra un pesebre que había en el cobertizo, y lo hacía mecánicamente y sin odio, como una costumbre boba. Peligrosamente boba.
Poco antes del amanecer se le oyó gritar y el eco resonó por las vaguadas. Luego, la voz, que no tenía nada de divina, se fundió con el mugido de un oso en el que parecía cabalgar el viejo y se fueron alejando. El mugido y la voz se oían entonces en la dirección de una cortadura que se abría sobre una barranquera seca. Allí se perdieron.
Comenzaba a rayar el alba cuando la moceta llegó. Mi amigo es ahora viejo y no recuerda ya su nombre, pero sonaba parecido a Hebe. Tal vez era Nieves, porque hay una Virgen de las Nieves en alguna parte.
Le contó mi amigo lo que le había pasado y ella le dijo que aquél era un "home muy grandizo" que "baixaba en ta Lobera d'Onsello" todos los años para Semana Santa, veía los ritos de la pasión y muerte de Jesús y se volvía, indignado, a la tierra alta, dando gañidos como "as rabosas" y diciendo que después del cataclismo los hombres se habían vuelto locos y mataban en la cruz a otros dioses buenos, sabios, jóvenes e inocentes. A él no lo mataría nadie, porque se adelantaba con su hacha de piedra. Eso decía bramando como un vendaval.
Pero, según mi amigo, aquel amanecer cayó el oso al fondo de la barranquera. Fueron la moceta y él a asomarse y vieron abajo el animal, muy grande, muerto, y algunos buitres y cuervos que habían acudido y volaban por encima en anchos círculos. El viejo dios no aparecía. Se había ido a alguna parte con las sombras últimas. Oyeron detrás resoplar a la yegua y Hebe (no recuerda mi amigo su nombre exacto) dijo:
-¿Quién le ha desatado el ramal? ¿Cómo ha venido aquí ella sola siendo tan guita? Ahora tenemos que seguirla. No tenemos más remedio que seguirla o el "home grandizo" volverá a la noche.
La seguimos y ella nos llevó al "ibón d'abaixo" en la Val d'Onsera, tal como decía la canción. Porque junto a los ibones hay también, a veces, diosas en forma de yeguas.


La Val D'Onsella y Lobera

Los graznidos de los cuervos se oían lejos, al fondo del torrente, y mi amigo miraba receloso alrededor, pensando en el viejo dios que velaba desde hacía trece mil años por la virginidad de aquellas mocetas de Lobera d'Onsello que solían subir a veces a los ibones de agua de nieves por cuyo fondo pasan las nubes. Creía mi amigo oír zumbar el hacha de pedreña cerca de su cabeza, pero sabía que el viejo no le haría daño. La vida es la vida y los viejos cumplen el antiguo ritual, pero saben igual que uno que la vida es la vida.
Y allí, junto al ibón, sucedió lo que la canción decía. Porque hay lugares extraños en el mundo donde la gente hace la historia en versos cantados antes de que las cosas pasen. Y otras veces, después. Al llegar a ciertas alturas el tiempo no cuenta, mayormente.
La yegua resoplaba tan fuerte que hacía rizarse el agua en la superficie del ibón y por lo alto pasaban, una vez más, las ocas migratorias formadas en punta de flecha y dando su graznido a coro, que resonaba también en las vertientes. Venían de muy lejos, de la Polonia o de la Finlandia.

Nota: Este fragmento es de un artículo publicado por Ramón J. Sender en el diario «Heraldo de Aragón» bajo el título de "En la Val d'Onsella".



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