LOBERA VISTO
POR.....

Esta sección está abierta a todas aquellas personas que hayan tenido alguna relación con Lobera de Onsella (secretarios, maestros, médicos, sacerdotes, turistas, conocidos, amigos, etc.) y quieran expresar aquí sus vivencias y recuerdos. Pueden enviarme un correo electrónico a la dirección: pplano@ono.com y muy gustosamente lo publicaré.
RICARDO VIVES
( Enero-2010)
Simplemente, una voz critica.
De piedra me quedé este verano cuando paseando por Burgos vi que aún seguían en su sitio, Edificio de Capitanía, las placas dedicadas a Franco y Mola y de oro cuando hace pocas fechas leí que el Ministerio de Defensa había ordenado su retirada.
Así, sin más, algún que otro lector se estará preguntando sobre lo que se va a tratar. Por ello es necesario recordar lo que traza Fernando Sahún en su extenso y trabajado escrito titulado “A propósito de la Memoria Histórica” (vid. Lobera Vista por…) apoyado en la Causa General, instruida por el Fiscal del Tribunal Supremo para reunir las pruebas de los “hechos delictivos”, cometidos durante la “dominación roja”.
Así pues intenta Fernando, como él mismo dice, analizar, con serenidad y sosiego, pero con total claridad, los hechos acaecidos durante y después de la contienda bélica y señala que es de los que piensan que una de las cosas más hermosas que pueden decirse de un pueblo es que durante la pasada guerra civil española no se produjeron en el mismo víctimas por ninguno de los dos bandos y que los habitantes de Lobera, en momentos tan cruciales, apelaron al sentido común y a la sensatez, sin dejarse arrastrar por revanchas pasajeras e inútiles y concluye su relato manifestando que las cosas buenas también deben pregonarse a los cuatro vientos. Las gentes de Lobera de Onsella deben sentirse orgullosas de contar, entre sus méritos más valiosos, haber respetado mutuamente sus vidas.
Pues que sepa yo y otros podrán corroborar, uno escapó por piernas
Más tarde en el Libro de vistas de la misma web cierta persona, seudo denominada Loberana, se pregunta, ya que ella no lo se sabe, porqué se quitó la placa de los fallecidos de la guerra sita en la parroquial y, consciente o inconscientemente, va más allá en su creencia de que, la susodicha placa, no hacía referencia al bando de los allí nombrados.
Alguna idea tiene de lo que habla si bien da la sensación, quizás por su juventud, que aquello del treinta y seis, de la insurrección y la postguerra, ocurrió cuando gobernaba el rey Carolo o que estamos hablando de algún colega de Viriato aquél que se cabreó con aquellos locos romanos que le clavaban impuestos a tutiplé y la lió a pedradas.
Visto así también se podrían haber inscrito en aquella placa a los adeptos del Cid Campeador o de Alfonso I El Batallador que también murieron por Dios aunque no por España ya que aún no estaba inventada.
Lo surrealista de la misiva es que vuelve a la carga e interroga si se excluía a los muertos del bando republicano.
Suerte tenemos que, al menos, reconoce la existencia de otro bando, el legítimo y perdedor, pasando de la copla mal y tenazmente repetida, el rojo frente al nacional.
En una guerra civil, guste o no, más que pese, nacionales son todos.
Al poco de insertarse dicho comentario, Pascual, el webmaster, rápido y veloz, sin entrar en más detalles, manifiesta que solo figuraban los muertos del bando franquista, que estaba situada en el "portejau" de la iglesia y que se trasladó al cementerio donde permanece hasta ahora.
Volviendo a lo escrito por Fernando Sahún, está visto, por documentado y leído, que en las dos misivas remitidas por el entonces Alcalde de Lobera cuando manifiesta que “en todo este término municipal no se halla inhumado ningún cadáver, por circunstancia ni concepto alguno, fuera del cementerio municipal”, ni se anota ningún dato en la “relación de personas residentes en este término municipal que durante la dominación roja fueron muertas violentamente o desaparecieron y se cree fueron asesinadas”. Punto y pelota.
¿Es que nadie se ha parado a pensar que lo se buscaba en la Causa General era reunir pruebas de hechos delictivos cometidos durante la dominación roja por los rojos?
Nadie, en todos estos días, se ha concedido hacer otra exposición y comentario.
¿Todo está bien?
Pues no señor o señora, estableceré aquí un elemento de igualdad de género no sea que alguna feminista independiente me llame talibán.
¿Cuánto sufrimiento produciría y cuantas heridas se abrirían por el continuo recordatorio en la fachada de la iglesia?
¿ Y de los míos que? Diría otro u otra.
¿Cuántas viudas, hijos, padres, hermanos... no pudieron honrar debidamente a sus muertos caídos en cualquier lugar del páramo español.
Nadie dice que, anteayer, Juan Pablo II denominó a los caídos por Dios y por España como “Mártires del siglo XX” y Benedicto XVI pretende ascender, ya van casi 500, a las víctimas de los “rojos” al club de los beatos.
Y los otros, los rojos, ya que no eran fallecidos en el seno de la Santa Madre Iglesia ¿Cuanto tiempo tuvo que pasar para poder nombrarlos desde el púlpito? ¿A cuantas y a cuantos se les negó la Eucaristía?
También fueron Caídos. No sé si por Dios pero si por España.
Léanse, si les apetece, con ojos críticos uno de los apartados de esta misma web, “Colaboraciones” para darse cuenta del paisaje descrito allá por el año 1933 por los entonces alcaldes de Ejea de los Caballeros y Uncastillo, Juan Sancho y Antonio Plano, respectivamente, y pregúntese por la vida que les deparó a los entonces miembros del Comité Local de UGT en Lobera.
Habrá asimismo que indagar por sus familias, por sus amigos, por los que los votaban, por los que simpatizaban o simplemente por los que tomaban vinos con ellos en la taberna.
Y volviendo a lo dicho por Fernando, como expuso aquel alcalde, léanlo otra vez, se trataba de localizar a aquellas personas que durante la dominación roja, quede y queda clarito, fueron muertas violentamente o desaparecieron y se cree fueron asesinadas” excluyendo a los otros, a los olvidados, a los innombrables.
Y para más imagínense la escena, reunidos en el Ayuntamiento los miembros de la corporación para dilucidar y discutir si se quita o no la placa.
Pero hay más para quien quiera leer.
La Ley 52/2007, de 26 de diciembre, es algo más que muertos y fosas comunes.
Por ella se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura.
En su preámbulo se dice, entre otras cosas, que es la hora de que la democracia española y las generaciones vivas que hoy disfrutan de ella honren y recuperen para siempre a todos los que directamente padecieron las injusticias y agravios producidos, por unos u otros motivos políticos o ideológicos o de creencias religiosas, en aquellos dolorosos períodos de nuestra historia.
Desde luego, a quienes perdieron la vida. Con ellos, a sus familias. También a quienes perdieron su libertad, al padecer prisión, deportación, confiscación de sus bienes, trabajos forzosos o internamientos en campos de concentración dentro o fuera de nuestras fronteras. También, en fin, a quienes fueron empujados a un largo, desgarrador y, en tantos casos, irreversible exilio. Y, por último, a quienes en distintos momentos lucharon por la defensa de los valores democráticos.
Pero además esta Ley reconoce un derecho individual a la memoria personal y familiar de cada ciudadano, que encuentra su primera manifestación en el carácter injusto de todas las condenas, sanciones y expresiones de violencia personal producidas, por motivos inequívocamente políticos o ideológicos, durante la Guerra Civil, así como las que, por las mismas razones, tuvieron lugar en la Dictadura posterior.
Se subraya de forma inequívoca, la carencia actual de vigencia jurídica de aquellas disposiciones y resoluciones contrarias a los derechos humanos y se contribuye a la rehabilitación moral de quienes sufrieron tan injustas sanciones y condenas y en este sentido, la Ley incluye una disposición derogatoria que, de forma expresa, priva de vigencia jurídica a aquellas normas dictadas bajo la Dictadura manifiestamente represoras y contrarias a los derechos fundamentales con el doble objetivo de proclamar su formal expulsión del ordenamiento jurídico e impedir su invocación por cualquier autoridad administrativa y judicial.
RETAZOS DE LOBERA DE ONSELLA
( Por: José Mª Aristízabal Lerín.)
Han pasado tantos años, 42 si la memoria no me falla, desde nuestra estancia como Veterinario Titular, y aún recuerdo con nostalgia y alegría los años pasados en este primer destino como titular después de haber superado la oposición al cuerpo de veterinarios en Madrid tras unos cuantos meses de dura preparación y ejercicio como interino en el pueblo de BUJARALOZ.
En verdad la amabilidad y el cariño demostrado hacia nuestra familia por todas las personas de Lobera es lo primero que quiero destacar.
Siempre fuimos atendidos en todas nuestras necesidades, familiares, sociales etc., etc. Nos proporcionaron una vivienda, modesta, que cumplió con creces nuestra estancia en la población de Lobera.
Desde el primer día el Sr. Alcalde (Santos Buey) nos ofreció su apoyo desinteresadamente y disposición para hacernos la estancia mas llevadera ya que los medios de asistencia eran en aquella época muy precarios.
La Sr. Josefina y sus hijas vecina de la plaza nos ofreció su ayuda y una de sus hijas fue la niñera de la hija que llevamos .Mª Pilar Gran apoyo la de esta familia en momentos difíciles sucedidos con motivo de las fuertes hemorragias que sufrí sobre el años 1965 que me obligó a ingresar de urgencias en le C.A.P de Sangüesa y de allí en ambulancia a la Cruz Roja de Pamplona, donde afortunadamente salí sano y salvo después de varias transfusiones de suero y sangre.
Gracias al médico de Urriés que me diagnosticó en casa el problema tan grave de mi estómago.
Recuerdo con ilusión los días de caza con el grupo de cazadores de Lobera por las montañas alejadas del pueblo. Solíamos ir a cazar el jabalí, pero nunca lo vimos. En su lugar rellenábamos nuestras mochilas y macutos de ricos ROBELLONES Y SETAS variadas que hacían las delicias y disfrute de nuestras familias. Las tertulias con Mosen Fermín en nuestra casa, de el tengo el recuerdo de un ejemplar de la Biblia que me regaló y que gustosamente durante las tardes de invierno leí con agrado.
Las sesiones de los poco que se veía la TVE, por cierto fue el primer aparato de TV que se instaló en Lobera. Para ver un poco ya que la imagen casi no llegaba instalamos la antena en le torre de la iglesia con permiso de Don Fermín, aún con todo se veía la pantalla nevando.
Muchas tardes los niños venían para ver algún programa infantil y gustosos los dejábamos entrar con gran alegría por su parte.
A Longas como agregado subía un par de veces al año si antes no había alguna urgencia. Vacunábamos los perros y el ganado que había en la localidad y vuelta a casa por la senda del río ya que en esos años no había otro camino (Ahora supongo que habrá).
Como las tardes de invierno eran tan largas aún me quedó tiempo para hacerme un curso sobre alimentación, por correspondencia con unos laboratorios de Madrid.
Desde nuestra vivienda y en tiempos de nevadas se divisaba una panorámica digna de los Alpes Suizos era de verdad de postal, como fondo las montañas nevadas los caminos desaparecidos, los pinos llenos de nieve etc., etc. Lo triste de todo era que la carretera a Sos era intransitable y no recibíamos correo ni venían a traer suministros el camión que semanalmente subía desde Sangüesa. Nosotros aún teniendo coche no podíamos salir para solucionar el problema.
El primer verano de nuestra estancia en Lobera fue admirable para nuestra hija ya que ella no había visto nunca trillar con el trillo de arrastre con pedernal y la mula delante. Tal fue la emoción que no se quería bajar del trillo que conducía un chavalin llamado Pedrito.
No quiero olvidar la presencia y colaboración durante nuestra estancia en Lobera del Sr. Nereo y su esposa Fíjela que siempre atendieron nuestras necesidades familiares como verdaderos amigos y compañeros sanitarios. No olvido al compañero veterinario de Urriés Alberto Ballesteros que me atendió el partido durante mi larga ausencia por motivos de salud.
Tampoco quiero pasar por alto mi consideración a FERNANDO SAHUN Y ESPOSA maestros de aquella época inolvidable, con ellos compartimos días felices que prolongamos después en nuestra estancia en la provincia de Lérida. Ellos en ALCARRAS su nuevo destino y nosotros en BORJAS BLANCAS.
Recuerdo que Fernando ya estaba como maestro en Lobera cuando en el nuevo curso llegó ANGELINES. Ambos, solteros y jóvenes no tardaron en intimar y hacerse novios.
Lamentablemente he conocido por Fernando el fallecimiento de su querida esposa y su residencia en CASETAS de Zaragoza. Para ellos nuestro cariño y amistad siempre fue sincero hasta que el destino nos separó por motivos profesionales. A Fernando le recordamos siempre como buen compañero y amigo.
A todos quiero desde estas líneas mi agradecimiento y ponerme a vuestra disposición incondicionalmente.
JOSE MARIA ARISTIZABAL LERIN
jmaristizabal@telefonica.net
TONOS Y POLITONOS
(Por Fernando Sahún Campo)
Un día en que mi hijo y yo nos encontrábamos sentados plácidamente frente al televisor, degustando una de mis especialidades culinarias, de pronto, tal vez motivado por lo que en aquel momento aparecía en la pequeña pantalla, le dije:
—Oye, desde un tiempo a esta parte estoy observando un extraño comportamiento en la gente. En mis largos paseos por la ciudad he podido comprobar que cada vez son más las personas que hablan solas por la calle. Hasta hace poco, los monólogos callejeros eran propios de alguna que otra persona mayor que, ensimismada en sus pensamientos y con la mirada perdida en el pasado, mantenía una fluida conversación con algún alma en pena que fluctuaba a su alrededor. Pero lo que está ocurriendo en la actualidad empieza a ser preocupante. Ya no se trata sólo de personas afectadas por los achaques de la edad. Lo sorprendente, y al mismo tiempo alarmante, es que en la mayoría de los casos este trastorno afecta ya a gente joven, fuerte, sana y, aparentemente, en sus cabales. Y ahí los tienes, encerrados en su mundo, hablando sin parar mientras caminan solitarios por la calle. ¡Sabíamos que la crisis estaba causando estragos en la sociedad, pero quién iba a suponer que las cosas llegarían a este extremo!
—Papá, esas personas no hablan solas, ni han perdido la chaveta —me respondió mi hijo, precediendo su respuesta de una sonora carcajada— Lo que ocurre es que mientras caminan aprovechan el tiempo para hacer sus gestiones o comunicarse con sus amigos a través del “Bluetooth”.
—¿Y eso qué es? —pregunté con toda la candidez del mundo al oír semejante anglicismo.
Tras explicarme pacientemente mi hijo el significado de dicho término, la conversación derivó hacia otros derroteros, comentando los enormes avances científicos del pasado y del presente, para concluir que las ciencias avanzan que es una barbaridad.
—Precisamente, hablando de estos temas con un compañero de trabajo, —continuó mi hijo— me comentaba hace poco que no podía imaginarse un mundo sin teléfono móvil. Que le costaba mucho esfuerzo hacerse a la idea de que hubo un tiempo en que estos artilugios no existían, señalando seguidamente que la vida de nuestros antepasados, al carecer de este medio de comunicación personal, tuvo que ser muy triste, aburrida y traumática, especialmente para los jóvenes.
Sorprendido por este comentario, eché la vista atrás, recorrí con la mente aquellos años de nuestra infancia y pubertad y, de repente, una ráfaga de pánico invadió todo mi ser. ¡Era verdad! ¡Cómo habíamos podido sobrevivir sin portar en nuestro bolsillo el inseparable teléfono móvil! Es más. Al hacer un recuento así por encima de lo que nos habíamos perdido los niños de entonces, no pude menos que sentir una profunda decepción: Internet, el chat, los e-mails, la banda ancha, los blogs, los foros, los videojuegos, Windows, Access, Excel, Photoshop, Wifi, la consola, el móvil, los tonos y politonos…¡Qué barbaridad! ¡De cuántas cosas nos vimos privados por adelantarnos en el tiempo! ¡Qué traumático debió resultar para nosotros, niños al fin, haber crecido sin poder disfrutar de todos estos avances técnicos cargados de byts!
Lo curioso del caso, sin embargo, es que por más que rebusqué en el baúl de los recuerdos y en los currículum vitae de los zagales y zagalas que poblábamos mi pueblo allá por los años cincuenta, o en los semblantes de los niños y niñas, de los chicos y chicas que correteaban por las calles de Lobera de Onsella en la década de los sesenta, no conseguí recordar rostros con signos de frustración, tristeza, aburrimiento, abatimiento, desilusión, depresión, desaliento, aflicción, desolación o desdicha. Muy al contrario, en las imágenes de mis recuerdos sólo aparecían caras llenas de vitalidad, energía, entusiasmo, ilusión y optimismo, envuelto todo ello por una desbordante alegría. Menos mal, pensé. Al menos, la carencia de todos esos inventos no había afectado en exceso a nuestra felicidad personal.
Y es que, mirándolo bien, tampoco había motivos para la desesperación. Aunque no disponíamos todavía de computadora personal o de teléfono móvil, en la práctica disfrutábamos ya de la mayoría de estos avances modernos. Si nos detenemos, por ejemplo, en el término “mensaje”, nos encontramos con que una de las varias definiciones que del mismo aparece en el diccionario de la RAE, dice: “Conjunto de señales, signos o símbolos que son objeto de una comunicación”. Y eso es lo que ocurría. Además del habla y de la escritura, que son los dos medios más habituales de entendimiento entre las personas, existían ya en nuestro tiempo otros sistemas basados en las señales, signos o símbolos. Es decir, que del mismo modo que la Iglesia Católica, a lo largo de los tiempos, ha utilizado el humo para proclamar al mundo entero eso de “Habemus Papam”, tanto en mi pueblo como en Lobera de Onsella se recurría también a las fumatas a la hora de transmitir mensajes. Veamos un par de ejemplos:
. Cuando los ganaderos de mi pueblo acordaban subir al Turbón para recoger las cabras que habían permanecido libres durante todo el verano, se repartían la montaña, ascendiendo unos por la cueva de Esplluga Negra, en dirección al Picón de las Ocho; otros por el Sarrau del Medio, y otros por la Canal de las Horas, al tiempo que iban prendiendo fuego a alguna que otra aliaga para indicar a los compañeros, así como a todos los vecinos del valle, su localización en todo momento. La escalada, que tenía sus riesgos, terminaba cuando se congregaban todos, pastores y cabras, en la cima de la montaña.
. En la otoñada, tiempo en que solían parir las ovejas, si un pastor al sacar el ganado tenía programado alejarse mucho del pueblo, por ejemplo hasta la sierra de la Sarda, o hacia las partidas de El Solano o Canales, antes de salir de casa acordaba con la familia, en previsión de posibles emergencias maternales, que si se ponían de parto varias ovejas al mismo tiempo, haría una señal de humo para que alguien fuera a echarle una mano a la hora de trasportar los corderitos recién nacidos de vuelta a casa.
Otro sistema muy práctico para comunicarse las personas eran las “sabanas blancas”. Sin embargo, así como en el caso del humo los mensajes, por lo general, se transmitían del monte a la casa, en este caso era a la inversa, desde la casa hacia el monte. Veamos algún ejemplo:
. Si el amo tenía que ir a trabajar a las fincas más alejadas, antes de marchar dejaba dicho que si la dueña de la casa, que había salido ya de cuentas, se ponía de parto, lo avisaran de inmediato por medio de una sábana blanca tendida en el balcón, o en otro lugar acordado, como en otras ocasiones.
. Del mismo modo, si se había recibido aviso por parte del comprador habitual de los corderos de que subiría uno de esos días, el amo de la casa, al salir a trabajar al monte, ordenaba a los suyos que cuando llegara el citado tratante se lo comunicaran a través del símbolo de la sábana blanca.
Como atalaya perfecta para enviar mensajes desde Lobera hacia la parte del río Onsella y las laderas de la sierra de la Sarda, nada mejor que el montículo situado detrás de las antiguas escuelas, hoy Ayuntamiento y sede de la Asociación Cultural Sesayo. Para dirigir los “emails” hacia el sur, hacia las laderas que descienden de Santo Domingo, cualquiera de las fincas próximas a las casas era un lugar adecuado para tender la sábana y ejercer así de centro de transmisión de mensajes.
Si nos adentramos ahora en el terreno del “chat”, la cosa cambia mucho. Como remedio para que los tímidos se abran al mundo, vale. De acuerdo. Pero no debemos olvidar que a la hora de “chatear” todos los gatos son pardos. Es bien sabido que al hacer uso de este medio de comunicación puede darse el caso de que nos den gato por liebre. En nuestro tiempo preferíamos la conversación directa, el trato cara a cara, mirándonos a los ojos, ¡a los bonitos ojos de las bellezas de nuestros pueblos! Había lugares y momentos muy apropiados para chatear, tales como al ir a buscar agua a la fuente, con o sin cántaro; cobijados a la sombra de la morera de la plaza de Lobera; en las eras de poniente, mientras el astro rey desaparecía lentamente por las sierras de Sos; al volver las peonadas juntas al pueblo tras un día duro de siega y, sobre todo, en ese lugar que tanto me impresionó el primer día que visité Lobera de Onsella, el lavadero municipal. ¿No creen ustedes que aquella forma de chatear, la nuestra, la de conversar mirándonos a la cara, era mucho más natural, sincera y satisfactoria que el actual “juego del escondite” al amparo de una pantalla? ¡Vamos, hombre!
¿Y qué ocurría con los tonos y politonos?, dirán ustedes. Pues eso, que aun cuando no disponíamos de teléfono móvil, nuestros pueblos estaban, ya entonces, muy bien surtidos de tonos y politonos. Y el sonido de las campanas era uno de los más bellos.
—Oye, chaval, ‘bájate’ un politono de misa mayor —le decía el cura al monaguillo mientras se hallaban ambos en la sacristía preparando los complementos para la celebración, tales como el amito, el alba, el cíngulo, la casulla, el cáliz o las vinajeras.
El escolano, sacando fuerzas de flaqueza, se colgaba de la cuerda de la campana y, ayudado por su propio peso, descargaba el politono de las “primeras”, más tarde el de las “segundas” y, para concluir, el de las “últimas”. Para distinguir unos toques de otros, al finalizar cada politono añadía un tono para el primero, dos para el segundo y tres para el último. Existían además otros politonos muy interesantes, como el de los “difuntos”, el de las “tormentas” o el de la “fiesta mayor”, que caían bajo la responsabilidad de otras personas. El campanario de Lobera, con sus cuatro aberturas: ninguna al norte, una al sur, dos al este y una al oeste, es un caso interesante. La concurrencia de las tres campanas de distinto tamaño, existentes todavía en la actualidad, aparte de una pequeña que se halla deteriorada, contribuyen a que los politonos alcancen mucha mayor belleza. En este sentido, quiero aprovechar la ocasión para rendir desde aquí un pequeño homenaje al Sr. Urbano Sanjuán, el herrero, que con su constante dedicación y esfuerzo consiguió que el reloj del campanario de la villa marcara las horas durante muchos años, alegrando el entorno con el limpio tañido de su campana, al tiempo que mantenía a todos sus habitantes al corriente de la hora.
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Reloj del campanario de Lobera Campana deteriorada
—Cuando yo levante la hostia —recordaba el cura al monaguillo antes de comenzar la misa— tienes que ‘descargar’ un politono con la campanilla. No te olvides. Con este mensaje comunicamos a los presentes que nos encontramos en el momento culminante de la celebración.
Sin embargo, los politonos más armoniosos eran los provenientes de las esquillas del ganado. ¿Saben ustedes que los vecinos de Lobera conocían a qué casa pertenecía cada rebaño con sólo oír el timbre de su politono particular? Los pastores, dejándose guiar por sus preferencias, ‘descargaban’ para su rebaño el politono más llamativo y personal, compuesto por la combinación de las diversas esquillas que solían tener colgadas en la falsa, tales como cuartizos, trucos, truquets, esquillas normales, tringolas, esquillóns y cascabeles. Había fechas especiales, como el día del esquilado, en que los politonos alcanzaban su máxima expresión.
—Zagal, sube a la falsa y ‘bájate’ varios politonos para celebrar por todo lo alto el nuevo “look” de las ovejas —le decía el pastor a uno de los chicos de la casa una vez que todas las reses habían pasado por la peluquería.
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Tono Politono
Y si nos lanzamos ahora a explorar el paisaje natural de Lobera de Onsella, los politonos con que vamos a encontrarnos son una verdadera maravilla. ¿Cuánto tiempo hace, amable lector o lectora, que no se ha sentado, o tumbado, al llegar la noche de un día primaveral o estival, sobre cualquiera de las zonas verdes que rodean el pueblo de Lobera? ¿Cuánto tiempo hace que no se ha detenido en las orillas del río Onsella, al anochecer, para escuchar la asombrosa sinfonía de la Naturaleza, con los grillos como primeros violoncelistas, las ranas en la percusión y las lechuzas en el papel de sopranos ligeras, mientras las estrellas comienzan su juego nocturno allá arriba en el firmamento? Cuando haya hecho la prueba, el politono de su móvil personal le parecerá una vulgaridad.
Río Onsella
Lo dicho hasta aquí no es más que una simple argumentación para resaltar que la imaginación humana, con móvil o sin él, ha sido en todo momento imparable. Que si admirables son los enormes avances técnicos modernos, no menos asombroso es el ingenio utilizado por el ser humano en los distintos períodos de la Historia para resolver sus problemas. Me gustaría, no obstante, llamar la atención sobre un pequeño detalle. En un tiempo en que podemos comunicarnos con facilidad con todo el mundo, puede darse el caso de que alguien, parapetado tras una pantallita, se mantenga aislado de las personas y del paisaje que le rodean. Por ello, y una vez aclarada la dualidad de los tonos y politonos, voy a intentar exponer lo que se pierde, por ejemplo, quien se limita exclusivamente a rodearse de gigas y megabyts, sin reparar en su entorno.
El 8 de marzo de este año 2009, un matrimonio que se adentró con su vehículo por la carretera del río Onsella sin saber muy bien adónde se encaminaba, de pronto quedaron ambos cónyuges asombrados ante lo que estaban contemplando. De tal forma les impactó aquella salida que, al regresar a su casa, quisieron recabar información en Internet sobre el paisaje visitado, topándose con la web de Pascual Plano, en cuyo Libro de Visitas dejaron constancia de su experiencia. El marido, que dijo llamarse Cristóbal, decía literalmente: “He estado por ese valle este puente de la Cincomarzada y he quedado sorprendido por la belleza del territorio y por las malas comunicaciones”. Y más adelante continuaba. “En Lobera pasamos un rato más que en los otros, pero los tres pueblos (refiriéndose a Navardún, Isuerre y Lobera) nos parecieron casi iguales y preciosos”. ¿Qué les parece? Para los loberanos y loberanas, ver que quien viene por allí por primera vez queda prendado de la variedad y belleza de su paisaje, es algo natural. No puede ser de otra manera. Por desgracia, tampoco les sorprende a los “olvidados por la Administración” que la gente que los visita se queje de las malas comunicaciones. Es lógico. Y no será por falta de reclamaciones. Sepan ustedes que los habitantes del valle llevan más de medio siglo demandando más atención para sus carreteras, así como la construcción de nuevos enlaces con las localidades de Luesia y Biel. Así lo hacía ya el Sr. Santos Buey, Alcalde de Lobera de Onsella allá por los años sesenta, y así continúan insistiendo las actuales instituciones locales. Pero eso no empaña la belleza del Valle del río Onsella.
Como nacido en el Pirineo aragonés, diría a los excursionistas, a los amantes de la Naturaleza, que dejen de correr con sus vehículos de aquí para allá como almas en pena. Ya sé que desde allá arriba, desde lo más alto de los “todoterrenos”, de los “bemeuves”, de los “mercedesbenz”, y demás, las cosas se ven de maravilla, según me han contado. Pero con sólo “ver” no basta. Si quieren ustedes disfrutar al completo de los bellos paisajes pirenaicos, de nuestras montañas, por favor, echen pie a tierra. Es sabido que lo que mola, al llegar el lunes a la oficina, es presumir de lo “fiera” que es nuestro vehículo nuevo; de que se traga los kilómetros como si fueran rosquillas, y de la barbaridad de millas que ha devorado en tan sólo cuarenta y ocho horas. Como si de una carrera se tratara. Quien se vanaglorie de haber visitado en una sola tarde, como suele ocurrir, todo el tramo pirenaico que se extiende entre el Valle de Benasque y el pantano de Yesa, por ejemplo, de lo único que puede sentirse orgulloso es de haber pisado mucho asfalto.
Si desean ustedes disfrutar de un bello entorno natural y humano, permítanme que les proponga el siguiente plan: Lléguense hasta el puente de Lobera, aparquen su vehículo a un lado, repongan fuerzas con los ricos productos de la tierra, y una vez bien vitaminados, caminen a lo largo del ecosistema que se extiende por ambas orillas del río Onsella, poniendo en marcha los cinco sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Cuando hayan respirado el aire puro; cuando hayan escuchado los innumerables y melodiosos tonos y politonos emitidos por los diversos seres vivos que lo pueblan, así como olido y palpado distintas plantas aromáticas, siempre con el máximo respeto hacia la Naturaleza, regresen a su medio de transporte y asciendan hasta el bonito pueblo de Lobera de Onsella, a un tiro de piedra, donde podrán comprobar que Cristóbal tenía toda la razón del mundo. Recorran sus inclinadas y limpias calles; contemplen con detenimiento las espectaculares fachadas de las casas, con la piedra como protagonista; fíjense en los renovados tejados, con sus aleros, y comprueben la ingente labor que se ha llevado a cabo hasta lograr la actual imagen del pueblo.
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Casa Marcelo, antes Casa Marcelo, ahora
En el plano cultural, no dejen de visitar la exposición de fotografías y documentos antiguos, ubicada en el local de la Asociación Cultural Sesayo, que permanecerá abierta hasta las fiestas patronales del mes de agosto; aprovechen para echar un vistazo a los libros que contiene la nueva biblioteca inaugurada también en Semana Santa; hagan una visita a la iglesia, donde quedarán sorprendidos de su valor artístico. Y, sobre todo, no se priven de hablar con cualquier persona que encuentren por la calle. Son buena gente. Puedo avalarlo con mis cuatro años de estancia en ese lugar.
Si lo hacen así, tendrán que señalar ese día en su calendario como uno de los más completos. Y si les quedan ganas de volver, que así será, hay fechas muy especiales que no pueden perderse, como el día de San Juan, con el Ritual de los Herniados, las fiestas mayores de finales de agosto y las múltiples actividades, incluido el senderismo, que se desarrollan a lo largo del verano en honor de los numerosos visitantes que pasan sus vacaciones en Lobera de Onsella.
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Frontón, antes Frontón, ahora
Y para finalizar, dos imágenes que nos hablan del antes y del después. Si con las carencias que todos sabemos, vivir en Lobera de Onsella era ya en nuestro tiempo una verdadera delicia, se lo puedo asegurar, imagínense ustedes cómo será hoy día la vida en ese “bello enclave prepirenaico”, tras los innumerables avances de todo tipo que se han llevado a cabo en la localidad.
Fernando Sahún Campo
Junio 2009
MEMORIA HISTÓRICA – LOBERA DE ONSELLA
(Por Fernando Sahún Campo)
Cuando se van a cumplir los setenta años de la finalización de la guerra civil española, creo que es ya hora de analizar, con serenidad y sosiego, pero con total claridad, los hechos ocurridos en cada localidad durante y después de la contienda bélica. Las personas que por ley de vida no vivieron lo suficiente para asistir a la promulgación de la Ley de la Memoria Histórica, pueden descansar tranquilas en el más allá, puesto que no va a faltar quien sostenga por ellas la antorcha de sus recuerdos.
Si observamos en un mapa de España el desarrollo de la guerra civil del 36, enseguida nos percatamos de que su incidencia fue muy diferente de unas regiones a otras, de unas provincias a otras y de unas localidades a otras. Así, mientras en unas poblaciones se produjeron numerosas víctimas por ambos bandos, o se excedieron los unos más que los otros, existieron también lugares donde, afortunadamente, no hubo que lamentar víctimas por ninguna de las dos partes.
En el proceso de revisión de aquellos terribles acontecimientos puede haber quien considere que los habitantes de los pueblos que reprimieron con dureza a los del otro bando, ajusticiando a todo aquel que se resistió a claudicar ante sus imposiciones, actuaron como verdaderos héroes. Otros analistas pensarán que sólo fueron merecedores de castigo los pertenecientes a una de las partes, la de los perdedores. Pero también puede darse el caso de que exista un tercer grupo de personas que opine que ninguna “revolución”, ninguna ideología, por excelente y prometedora que se nos presente, vale la vida de una persona. Y en este último apartado deseo que incluyan ustedes al que suscribe.
No hay más que echar un vistazo superficial a los libros de Historia para comprobar que a lo largo de los siglos han muerto cientos de millones de personas por defender unos ideales, fueran éstos políticos, religiosos o de otro tipo. También es cierto que gran parte de estos seres humanos sucumbieron muy a su pesar, enrolados en el torbellino de las ambiciones de unos pocos, que se aprovecharon de los fanatismos de todo tipo para escalar por la empinada pendiente de los privilegios hasta situarse en lo más alto y contemplar desde allí, impasibles y llenos de soberbia, cómo se las apañaban allá abajo para sobrevivir aquellos que los habían aupado hasta la cima. Es decir, la puesta en práctica de la famosa sentencia de Tomasi de Lampedusa: “Algo debe cambiar para que todo siga igual”.
Quitar la vida al adversario como medio de imponerse sobre su forma de pensar, y esto vale para todas las ideologías, es un “procedimiento” que avergonzaría, incluso, a los propios animales irracionales, que a lo más matan para saciar su hambre fisiológica. El arma más apropiada para avanzar en el progreso, la cooperación y la solidaridad entre las gentes, ha de ser la “palabra”.
Llegados a este punto, y apoyándome en el contenido de los párrafos anteriores, debo señalar que soy de los que piensan que una de las cosas más hermosas que pueden decirse de un pueblo es que durante la pasada guerra civil española no se produjeron en el mismo víctimas por ninguno de los dos bandos. Y esto es, precisamente, lo que ocurrió en Lobera de Onsella. Han tenido que transcurrir cuarenta años desde aquel verano de 1968, en el que me despedí de sus gentes, para enterarme, gracias a la documentación de archivo, de que los habitantes de esta localidad, en momentos tan cruciales, apelaron al sentido común y a la sensatez, sin dejarse arrastrar por revanchas pasajeras e inútiles.
Tras las reflexiones personales que anteceden, voy a pasar a comentar la información que he conseguido reunir sobre este tema. Analizados los datos encontrados en el Archivo Histórico Nacional sobre las localidades pertenecientes, al menos entonces, al Partido Judicial de Sos del Rey Católico, he obtenido los siguientes resultados referentes a la Causa General, instruida por el Fiscal del Tribunal Supremo después de la guerra para reunir las pruebas de los “hechos delictivos”, cometidos durante la “dominación roja”, cuyos documentos abarcan un período que va desde el año 1940 al 1944, aunque en el caso de Lobera se prolongan hasta 1967. Las investigaciones sobre este tema, llevadas a cabo por el citado tribunal, dieron lugar al siguiente “papeleo”
- Sos del Rey Católico …
- Artieda ………………………
- Bagüés ……………………..
- Biel … ………………………
- Castiliscar …………………
- Escó ………………………….
- Fuencalderas ……….....
- Isuerre ……………………..
- Lobera de Onsella.…….
- Longás ……………………..
- Lorbés ………………………
- Luesia ………………........
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- Mianos ……………
- Navardún ……….
- Pintano ……......
- Ruesta …………..
- Salvatierra …….
- Sigüés …………...
- Tiermas ………….
- Uncastillo ……….
- Undués de Lerda
- Undués Pintano.
- Urriés ……………..
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Aunque Lobera de Onsella ocupa el segundo lugar por el “número de hojas” de su expediente, ello no guarda ninguna proporción, por fortuna, con lo acontecido en esta localidad. Así, el día 27 de enero de 1941, Juan Mayayo, Alcalde de Lobera en aquellos momentos, remitía, a solicitud del Fiscal Instructor de la Causa General de Zaragoza, el siguiente escrito (1): “En cumplimiento a lo dispuesto en la orden-circular nº 376, del 23 de los corrientes, (B.O. nº 19), tengo el honor de participar a V.S. que en todo este término municipal no se halla inhumado ningún cadáver, por circunstancia ni concepto alguno, fuera del cementerio municipal”. Firmado, el Alcalde.
Por si eso fuera poco, el día 16 de mayo del mismo año de 1941, se cumplimenta en el Ayuntamiento de Lobera otro documento, “ESTADO NÚMERO 1” (2) donde se pide la “RELACIÓN de personas residentes en este término municipal que durante la dominación roja fueron muertas violentamente o desaparecieron y se cree fueron asesinadas”. Como respuesta a las nueve columnas del impreso, encabezadas por términos como “nombre y apellidos de la víctima”, “años de edad”, “profesión”, “filiación política y cargos públicos que había desempeñado”, “fecha de su muerte o desaparición”, “si fue encontrado su cadáver, en qué sitio y clases de heridas que presentaba”, “¿fue inscrita su defunción en el Registro Civil?”, “personas sospechosas de participación en el crimen: sus nombres y apellidos, su paradero actual”, se estampa en dicho formulario, con letra grande y bien visible, la palabra “NINGUNA”, firmando al pie del mismo el Alcalde y el Secretario. Con ello queda demostrado, al menos documentalmente, que durante el tiempo que Lobera de Onsella permaneció bajo el dominio republicano no se produjeron víctimas entre los habitantes de esta localidad.
A continuación, ha sido necesario verificar qué es lo que ocurrió en la villa una vez que ésta pasó a dominio de los “nacionales”. Es decir, averiguar si se produjo en ella algún tipo de violencia a causa de la represión de los vencedores. Examinadas minuciosamente las 248 páginas (de la 243 a la 491) que ocupan las listas de los muertos o desaparecidos en Aragón a consecuencia de la guerra civil, elaboradas por Julián Casanova y otros cuatro autores y publicadas en su libro El pasado oculto. Fascismo y violencia en Aragón (1936.1939)(3) comprobamos que no aparece en dicha relación persona alguna fallecida cuyo domicilio se localice en Lobera de Onsella. Para contrastar esta primera información se han mantenido conversaciones con diversas personas de la localidad, por si ellas conocían de algún caso de fallecidos por acción violenta tras su ocupación por los sublevados, respondiendo todas ellas negativamente.
La conclusión es bien sencilla. Las cosas buenas también deben pregonarse a los cuatro vientos. Las gentes de Lobera de Onsella deben sentirse orgullosas de contar, entre sus méritos más valiosos, el haber respetado mutuamente sus vidas en el transcurso de la pasada guerra civil. Sabemos que eso depende en muchos casos de factores externos, pero no hay duda de que todos pusieron lo mejor de su parte para lograr esa gran hazaña: la de que no se produjera en la localidad ninguna víctima por ninguno de los dos bandos, ni durante la guerra civil del 36 ni en la posguerra. ¡Enhorabuena, Lobera de Onsella!
(1). FC-CAUSA_GENERAL,1426,EXP.9, hoja 2
(2). FC-CAUSA_GENERAL,1426,EXP.9, hojas 3 y 4
(3). Julián Casanova, y otros cuatro, El pasado oculto. Fascismo y violencia en Aragón (1936-1939), Mira Editores, 3ª edición, Huesca 2001.
LOBERA DE ONSELLA, ESE LUGAR
Por: Fernando Sahún Campo
Capítulos publicados:(I) 29-10-2007: "Destino, Lobera de Onsella"(II) 29-11-2007: "Casa Molinero"(III) 02-01-2008: "Mis alumnos de Lobera de Onsella"(IV) 29-01-2008: "La misa de los domingos"(V) 29-02-2008: "Referéndum del año 1966"
(VI) 29-03-2008: "La maldita aguja"
(VII) 29-04-2008: "La visita del inspector"
(VII) LA VISITA DEL INSPECTOR
Como ha ocurrido con tantas otras cosas de la vida, los inspectores de enseñanza ya no son lo que eran. Y digo esto, no desde el punto de vista personal o peyorativo, líbreme Dios, sino porque el desempeño de su profesión ha experimentado cambios importantes. Me gustaría pensar que para bien. Han quedado atrás aquellos tiempos en que debían afrontar agotadoras etapas a pie, o a lomos de caballería, para llegar a cada una de las escuelas sembradas por valles y montañas del Pirineo. Del vaivén producido por el transitar de aquellas monturas a lo largo de caminos empinados y pedregosos se ha pasado a los confortables sillones giratorios emplazados frente a la pantalla del ordenador para dirigir, a distancia, la marcha de la educación en sus demarcaciones. En esa ventanita mágica, instalada en su propio despacho, tienen a su disposición toda la parafernalia burocrática de los centros educativos: planes de centro, programaciones generales y parciales, informes y más informes, memorias finales de curso, actas de todo tipo, estadísticas, otra vez informes, etc. Sólo tienen que pulsar una tecla y, milagro, ahí está todo. Este trasiego de información me parece muy bien, faltaría más, pero qué quieren que les diga; donde esté el trato directo, el intercambio personal de opiniones, la búsqueda de soluciones in situ, que se quiten todas las burocracias almacenadas en esas relucientes pero frías computadoras, como dirían nuestros amigos americanos.
Sabemos que la informática, bendita sea, interviene ya en casi todas las actividades humanas. Tanto es así, que hasta las fuerzas del orden público pretenden detener a los malhechores parapetándose tras la pantalla del ordenador de su oficina. Al menos eso es lo que nos han explicado en algún reciente reportaje televisivo. Pero tengo la ligera impresión, no sé por qué, que los cacos, viendo estos métodos tan sofisticados y distantes, se estarán frotando las manos. Y es que estamos tan emocionados con esto de la electrónica, que la consideramos como la piedra filosofal que nos va a resolver todos nuestros problemas. Y no es para tanto, aunque no puede negarse su enorme aportación en todos los terrenos. Si nos detenemos un momento en el tráfico, por ejemplo, ha quedado sobradamente demostrado durante la pasada Semana Santa que es mucho más efectivo uno solo de esos coches verdiblancos —por fin han vuelto— apostado al borde de la carretera y observándonos con sus atractivos ojos verdeazulados, que una docena de agentes vigilando la circulación escondidos detrás de su correspondiente pantalla de ordenador, o los tropecientos radares fríos y calculadores que dicen están sembrados por la red de carreteras.
Regresando al campo educativo, pues de eso se trata, nadie duda a estas alturas de que la informática, en todas sus manifestaciones, será el instrumento sobre el que se apoyará la enseñanza en el futuro. Pero de ahí a pensar que podemos cruzarnos de brazos porque nos lo van a dar todo hecho, hay un trecho. Están por ver, por ejemplo, los resultados de los modernos avances tecnológicos aplicados en algunos colegios de la provincia de Teruel, que fueron los pioneros. Además, en relación a este tema hay un par de cosas que resultan al menos curiosas. En esas películas americanas, en las que aparecen cerebritos matemáticos, como ocurría en el papel representado por Russell Crowe, todavía utilizan para desarrollar sus fórmulas matemáticas los viejos encerados tradicionales de madera o de pared, con la eterna tiza blanca. Asimismo, en los recientes reportajes sobre la educación en Finlandia, de tan excelentes resultados, pudimos observar que seguían trabajando con los encerados de toda la vida. Y los resultados académicos de los alumnos finlandeses están ahí, ya los conocen ustedes. De lo que puede deducirse que cualquier medio es bueno, y la informática puede serlo mucho, siempre que vaya unido a la capacidad, casi siempre innata, del maestro para motivar e ilusionar a sus alumnos. Aunque las pizarras magnéticas y demás avances técnicos se adueñen del campo educativo, el papel de la persona humana, los educadores, los motivadores, los creadores de ilusión, serán siempre fundamentales. Y en este apartado del factor humano hay que incluir a los inspectores.
Los cambios siempre se realizan con la mejor de las intenciones; con el ánimo de mejorar las cosas. Pero en las últimas décadas se ha producido un distanciamiento entre la Inspección y el alumnado que en nada favorece el proceso educativo. Pasaron a la historia aquellos tiempos en que el inspector entraba en clase y se ponía a charlar con los escolares. Los alumnos de entonces sabían que, al menos una vez al año, su maestro o maestra tendría que responder personalmente del nivel de instrucción de sus alumnos, y eso era para ellos un estímulo. Ahora, los inspectores, como digo, se han desentendido del trato personal con los alumnos. Para ellos, los escolares no son más que números, estadísticas, porcentajes, gráficos. En sus visitas a los colegios, no pasan del despacho del director, a quien crucifican a base de pedirle papeles, papeles y más papeles: que si la programación de las actividades trasversales, que si la atención a la diversidad, que si la solicitud de becas del comedor, que si la matriculación para el próximo curso, que si la programación de las salidas culturales, que si las actas de la última reunión del Consejo Escolar, que si las actas de calificación final... ¿Verdad que con esta retahíla de obligaciones, sólo algunas de las muchas, han empezado ustedes a sentir un cierto agobio burocrático? Pues así es. Con tanta documentación oficial que atender, los inspectores e inspectoras, se sobrentiende, ya no disponen ni siquiera de unos minutos para entrar en las clases a charlar con los alumnos. Creo que no hace falta decir que ellos y ellas, los inspectores, no son los responsables de esta situación. Corren nuevos tiempos y hay que adaptarse a ellos, aunque sean menos humanos.
Allá por los años sesenta, en contra de lo que pueda pensarse, la visita del inspector no representaba ningún agobio para los maestros y maestras que ejercían la docencia en los pueblos diseminados por la montaña aragonesa, siempre y cuando la enseñanza se desarrollara con normalidad. Muy al contrario, su presencia en la escuela constituía un gran apoyo moral para los docentes, al tiempo que infundía un cierto grado de autoridad, de prestigio, de dignidad y de reconocimiento a la gran labor que llevaban a cabo los maestros y maestras en escuelas a menudo alejadas de la civilización. A veces, los inspectores solían convocar a los maestros de su zona en un lugar determinado, en nuestro caso Ejea, con el fin de celebrar una jornada de convivencia con ellos.
Su misión era la de supervisar en persona el estado de la enseñanza en cada pueblo, allá donde se encontrara. Para aquellos inspectores no había distancias, sólo escuelas que visitar. Si para llegar hasta ellas había que transitar, como he dicho, durante horas por caminos y veredas, más propios de cabras que de humanos, no importaba, allá que se encaminaban. En este sentido, las gentes de los pueblos ofrecían toda su colaboración saliendo a su encuentro, en la parada más próxima del coche de línea, con una caballería de toda confianza. Una vez llegado a la escuela, su tarea primordial era la de inspeccionar el nivel de instrucción de los alumnos. Ahí es donde quedaba claro si el aprovechamiento de los escolares era satisfactorio o si, por el contrario, dejaba algo que desear. Además, debían interesarse por cuantas tramitaciones estuvieran relacionadas con la enseñanza y, en especial, por la asistencia regular a clase de todos los niños de la localidad en edad escolar, como principal medida para erradicar, de una vez por todas, el analfabetismo. Desgraciadamente, en los años sesenta y setenta, muchas escuelas del mundo rural, especialmente en la zona pirenaica, tuvieron que presenciar “la última visita del inspector” para colgar en sus puertas el cartel de “escuela clausurada por falta de alumnos”. Era un día muy triste que solía significar el principio del fin para el pueblo que lo sufría.
Para acceder a la Inspección, al menos en aquellos años, los aspirantes debían superar unas durísimas oposiciones, que podían compararse a las de jueces y notarios. Alcanzar el cargo de inspector de enseñanza tras superar aquellas difíciles pruebas suponía un importante ascenso en la escala social. Actualmente, las cosas han cambiado mucho, y para ostentar ese cargo de tanta responsabilidad se está dando cada vez mayor peso a los “méritos” personales del aspirante, aunque con ello nos metamos en un terreno demasiado abonado para los favoritismos. Como botón de muestra, basta recordar el caso de aquellos 11.000 profesores y profesoras de enseñanza secundaria y universitaria, que allá por los años ochenta, con un simple “plumazo”, pues en este país las plumas estilográficas todavía están muy cargadas, se les concedió el acceso directo y definitivo a los puestos docentes, ahorrándoles las temidas oposiciones, sin tener en cuenta que tal vez había otros docentes tanto o más preparados que ellos a quienes no se les dio la más mínima oportunidad. Si queremos hacer justicia, nada tan limpio como unas oposiciones bien organizadas y ejecutadas en audiencia pública. Además, se da el hecho paradójico de que la única forma de alcanzar esos “méritos”, que luego se contabilizarán a la hora de la calificación final, es alejándose del lugar habitual de trabajo. Es decir, que si un maestro quiere hacer “méritos” tiene que acudir a cursillos, publicar trabajos sobre la materia, formar parte de comisiones, estar en posesión de diversas habilitaciones, dominar idiomas, etc. Y es también muy casual que ninguna de estas formaciones se logre trabajando en la clase con los alumnos, sino “huyendo” de ellos, solicitando años sabáticos, optando a becas para ampliar estudios, apartándose en definitiva de los alumnos, que agotan demasiado, sin que ese esfuerzo, el de atenderlos cada día, el de corregir sus trabajos, el de asistir a la tutoría de padres, etc., tenga otro reconocimiento que el de la antigüedad, es decir, la mera acumulación de años en el carné de identidad. Por otra parte, ¿no les parece a ustedes un poco extraño que venga a juzgar el trabajo escolar alguien que ha ganado sus méritos “huyendo” de la escuela? Pues a eso vamos. Pero en este asunto, como en otros muchos, ni quito ni pongo rey. Filósofos, ideólogos, pedagogos, paidólogos, psicólogos, sofistas y pensadores profundos tiene el mundo educativo. Cada uno tendrá su propia opinión. Son nuevos tiempos y hay que adaptarse a ellos. Y quien no se acomode, no hará “méritos”. Y sin méritos, ya me entienden ustedes.
Como es natural, cada uno de los inspectores que tuve el honor de conocer, tenía su propia personalidad. Desde quien se empeñó allá por los años setenta en poner en práctica en nuestro colegio las ideas pedagógicas contenidas en el libro “The team teacher”, de moda en aquellos momentos, hasta aquel otro que al entrar en la clase pronunciaba un rotundo “Ave María Purísima”. Pero no teman, los inspectores no se comían a nadie. Causaban respeto, eso sí, para qué vamos a negarlo. Pero la cosa no pasaba de ahí.
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Recuerdos escolares de aquellos tiempos
En general, el modo de proceder en sus visitas era el siguiente: Entraban en la clase, con “Ave María Purísima” o sin ella, y sus primeras palabras solían ser: “Siga, siga con lo que estaba haciendo. No se preocupe por mí”. Claro, lo que pretendían era observar en persona cómo se desenvolvía el maestro o la maestra ante sus alumnos. Y eso, aunque uno disimulara, causaba un poco de apuro. No era lo mismo explicarles a los niños los números primos, o la cordillera Carpetovetónica, con el inspector delante que cuando uno era el rey único de la clase.
Tras unas palabras de saludo para entrar en calor, el inspector solía ocupar el asiento del maestro y comenzaba su cometido solicitando, en primer lugar, el libro de control de asistencia, principal referente para comprobar si se cumplían las normas de escolarización para todos los niños en edad escolar. A continuación se interesaba, con mayor o menor exigencia, por la programación diaria y por la planificación semanal y trimestral, así como por las actas de evaluación. Todo ello en medio de un continuo diálogo con el maestro o la maestra, mientras impartía consejos sobre esto o aquello.
Una vez concluida la parte administrativa, que solía ser breve, y desde luego mucho menos agobiante que en la actualidad, se procedía a lo que realmente importaba en aquellos tiempos: comprobar el nivel de conocimientos alcanzado por los alumnos. El inspector, dirigiéndose a la clase, seleccionaba dos o tres cuadernos al azar, donde constaba el trabajo que se venía desarrollando. Existía también la costumbre de confeccionar lo que se llamaba el “cuaderno diario”, en el que escribían todos los alumnos por rotación. Basándose en las últimas lecciones impartidas, formulaba unas cuantas preguntas a distintos alumnos, a quienes solía designar como “aquel del pelo rubio de la última fila”, “el del pelo rizado”, “el segundo de esa fila”, “el del jersey azul”. Era el momento crucial de la visita, ya que del resultado de esta evaluación dependía que se llevara o no buena impresión del estado de la enseñanza en aquella escuela, y de paso, del grado de competencia del maestro o maestra que la regentaban.
Su permanencia en la clase podía alargarse más o menos, dependiendo de las prisas que tuviera o de lo a gusto que se encontrara departiendo con los alumnos, quienes, dotados del más refinado instinto diplomático, le seguían la corriente y le reían las gracias, si es que las había. Hay que hacer constar que, tanto a su llegada como al abandonar la clase, los escolares se ponían de pie en señal de respeto. No recuerdo haber tenido nunca problemas con los alumnos el día de la visita del inspector. Siempre colaboraron y mantuvieron la necesaria complicidad con el maestro para salir bien parados de esos trances.
Vista aérea de Lobera de Onsella. Foto Iñaki Sagredo.
La primera visita de inspección a la que tuve que enfrentarme tuvo lugar en Lobera de Onsella durante la primavera del año 1967. Era una mañana soleada en la que alumnos y maestros nos encontrábamos en la plaza del frontón disfrutando del recreo. De pronto, un señor bien vestido cruzó por entre los niños, se acercó a nosotros y nos saludó diciendo que era nuestro inspector. Se trataba de una persona bastante joven, poco más de treinta años, de estatura media, entradas en el pelo y de hablar suave y amable. Tras departir unos momentos con las dos maestras y el maestro, dijo que iba a tomar un café en el bar y que luego pasaría por las clases.
Finalizado el recreo, regresamos todos a nuestras aulas con la puntualidad acostumbrada para tenerlo todo dispuesto y recibir al inspector en las debidas condiciones. Recuerdo claramente que después de aleccionar a mis alumnos sobre cómo debían comportarse ante la visita que iba a producirse, continué con la explicación del tema del día, mientras miraba de reojo por la ventana a ver si aparecía aquel señor por alguna parte. Por fin, se abrió la puerta de la clase y allí estaba pidiendo permiso para entrar, al tiempo que lanzaba un “Buenos días a todos”. Los alumnos, al instante, se pusieron de pie y respondieron al saludo con otro sonoro “Buenos días”. Como ven, aquí no hubo “Ave María Purísima“. Tras rogar a los niños que se sentaran, se acercó a saludarme de nuevo, diciendo:
—¿Qué tal, cómo va la vida por aquí?
—Muy bien —respondí con prontitud—. Aquí estamos intentando preparar lo mejor posible a estos chicos para que puedan salir a estudiar una carrera, o al menos a aprender un oficio, con el fin de que el día de mañana puedan integrarse con garantía en el mundo del trabajo, ya que aquí en Lobera no hay futuro para ellos. —Deben entender ustedes que quizás no fueron estas las palabras exactas que pronuncié, pero sí el contenido de la conversación.
Al oír este discurso, expresado por lo visto con total convicción, su actitud cambió radicalmente. Su amplia sonrisa se borró y en su lugar aparecieron signos de seriedad y preocupación. Sin decir palabra, comenzó a caminar lentamente alrededor de la clase con actitud meditabunda, como mirando al suelo, pensativo, mientras los alumnos lo observaban extrañados, al tiempo que volvían su mirada hacia mí intentando descubrir qué demonios le había dicho para que su semblante cambiara de aquella forma. Mientras tanto, yo permanecía de pie junto a mi mesa esperando a ver en qué paraba todo aquello. Realmente no comprendía nada, ya que lo que le había respondido al inspector me parecía la cosa más lógica del mundo. No quería para mis alumnos de Lobera de Onsella lo que les había ocurrido a muchos jóvenes de mi pueblo natal, compañeros de juegos, quienes al emigrar a la ciudad sin oficio ni beneficio habían tenido que emplearse en trabajos duros y penosos, como almacenistas para cargar y descargar camiones, en la construcción, en los trabajos más pesados de las fábricas, etc. Por ello, siempre tuve muy claro que haría todo lo que estuviera en mis manos para encaminar a mis alumnos hacia una especialización, hacia un oficio o carrera, pues así lo había hecho conmigo el maestro de mi pueblo al convencer a mis padres de que debía estudiar una carrera. Nos encontrábamos en un momento, año 1967, en el que el mundo laboral comenzaba a brindar muchas oportunidades, pero había que tener una formación, poseer un oficio, unos estudios, una especialización, una carrera. Todo menos ser del montón. Y no tengo ni he tenido jamás nada en contra de quienes integran este nutrido grupo de personas. Está claro que los del “montón” realizaban y realizan un trabajo tan importante y tan digno como el que más, nadie lo duda, y por lo tanto, merecían y merecen todo el respeto y consideración, faltaría más, pero su nómina, en general, solía y suele ser más raquítica que la de aquellos que tienen un oficio, una especialización técnica o una carrera. Y de esa convicción era muy difícil que me apeara ni siquiera el mismísimo inspector de enseñanza, mi jefe.
Al finalizar el recorrido, que a mí me pareció eterno, se paró de nuevo frente a mí y dijo con amabilidad, pero con cierta decepción:
—No estoy de acuerdo con su modo de pensar. Lo que hay que hacer es preparar y convencer a estos chicos, no para facilitarles la marcha a otro lugar, sino para que se integren en la vida de su pueblo, de Lobera, y evitar así la emigración, que empieza a ser alarmante en estos pueblos.
Tras ese momento de suspense, que produjo en mí una cierta preocupación, su rostro se iluminó de nuevo y su amabilidad volvió a hacer acto de presencia. A continuación se acercó a la ventana y, mientras contemplaba el bello panorama primaveral que lo invadía todo, confesó con orgullo y satisfacción:
—Sabe usted, hace unos años estuve ejerciendo de maestro aquí en Lobera de Onsella. Fue poco antes de presentarme a las oposiciones de Inspección. Tenía mucha ilusión por volver a pisar estas calles, y especialmente esta clase. —en su voz se adivinaba una cierta añoranza de aquellos tiempos no lejanos.
Y ahí terminó la visita oficial, para dar paso a un trato más cordial y próximo. Entonces, ya más relajados y como apoyo a su teoría de intentar retener a los jóvenes en los pueblos, me contó algunos pasajes de su vida. Dijo que al sacar las oposiciones de Inspección estuvo destinado en Galicia durante algún tiempo, donde había tenido ocasión de participar en algunos planes de concentración parcelaria, con resultados muy esperanzadores de cara a evitar la emigración. Que debería hacerse algo parecido en estos pueblos para frenar la despoblación, ya que de lo contrario sería espantoso. Yo aproveché la ocasión para exponerle mis convicciones y experiencias, tal como lo he indicado más arriba, señalando que sus buenas intenciones me parecían dignas de todo respeto, pero que si llegaba el momento de tener que emigrar, cosa probable, lo peor que podía ocurrirles a los jóvenes era que salieran de su casa sin ningún tipo de preparación. Creo que comprendió la situación y que se dio cuenta de que una cosa son las buenas intenciones y otra muy distinta la cruda, y a veces cruel, realidad.
Con todas estas argumentaciones, casi nos habíamos olvidado de los alumnos. Así que, se volvió hacía ellos y comenzó a hacerles preguntas de todo tipo. Más que de temas escolares, le interesaba saber qué pensaban, qué planes tenían, si les gustaba vivir en Lobera, etc. Mis alumnos, que eran más listos que el hambre, tuvieron respuesta para todo lo habido y por haber. En realidad, el inspector, que había ejercido pocos años antes de maestro en Lobera, lo que deseaba ese día era disfrutar, saborear el triunfo tras los esfuerzos llevados a cabo para superar aquellas difíciles oposiciones. Se sentía orgulloso de sí mismo al poder pisar como inspector las calles y la clase que antes había pisado como maestro. Por su forma de comportarse, daba la impresión de que también él se había sentido muy a gusto en Lobera durante los años de su estancia allí como maestro.
¿Han notado ustedes lo orgulloso que me siento rodeado de mis alumnos?
Terminada la jornada de la mañana, se reunió unos minutos con nosotros los maestros para rogarnos que después de comer acudiéramos a tomar café con él en el bar del Sr. Clemente, con quien le unía, al parecer, una buena amistad. Y así lo hicimos. En medio de una animada conversación, pudimos saborear la exquisita “queimada de ron”, especialidad de la casa, acompañada de aquellos exclusivos puritos de origen francés importados por los loberanos que durante los inviernos iban a picar madera a los bosques del sur de Francia. Finalizada la sobremesa, el inspector no pudo resistirse a dar una vuelta por el pueblo, recordando viejos tiempos. Después, nos dirigimos hacia la carretera y anduvimos, sin parar de hablar, hasta la curva del Barranco de la Selva. De vuelta al pueblo, nos despedimos de él y nos dispusimos a entrar en nuestras clases para proseguir la tarea escolar.
La visita del inspector, mi primer control como maestro, me había dejado algo preocupado. En primer lugar, las cosas no se habían desarrollado como imaginaba. A mí me hubiera gustado que hubiese sometido a mis alumnos a un control mucho más riguroso. Que les hubiera lanzado una batería de preguntas de todo tipo para que pudieran demostrar lo que sabían. Teníamos ganas de lucirnos, los alumnos y el maestro, pero no tuvimos la oportunidad. Por otra parte, mis ideas sobre la forma de enfocar el futuro de mis alumnos no coincidían, precisamente, con las suyas. Y eso me producía una cierta desazón. Teníamos distinta forma de ver el futuro. Yo los estaba preparando para salir en busca de un oficio, especialidad o carrera, y él veía más lógico que continuaran con la labor de sus antepasados. Sin duda, esta última idea, la del inspector, era la mejor, la más lógica, la más beneficiosa para el pueblo. Que la juventud permaneciera en Lobera, modernizando las casas y las haciendas, hubiera sido lo ideal. Pero la cruda realidad, la emigración, estaba llamando a la puerta. Quien no estuviera preparado para ello lo pasaría muy mal por esos mundos de Dios.
La primavera siguió su camino y el curso escolar llegó a su fin sin apenas darnos cuenta de ello. Los alumnos mayores de mi clase, es decir, Antonio, José Antonio, Juanito (trabajaba ya en la hostelería), Marino, Pascual, Timoteo y Vicente finalizaban ese año la escolaridad, y eso me causaba un poco de tristeza. Los tres cursos pasados juntos habían sido muy intensos y productivos. Pero no estaban las cosas como para dejarnos ahogar por las penas. Si queríamos estar preparados para afrontar el futuro, nada mejor que poner manos a la obra sin más dilación. Se programaron los correspondientes exámenes en Ejea y allí nos desplazamos el día señalado, acompañados de mosén Fermín, como responsable que era del área religiosa. De ese modo, tras obtener unos brillantes resultados, los chicos ingresaron en septiembre en distintos centros para proseguir sus estudios, como era nuestro mayor deseo.
Por si ello fuera poco, a mediados de julio se produjo un hecho que me causó una enorme alegría. De forma totalmente inesperada, recibí un oficio de la Inspección de Enseñanza Primaria de Zaragoza en el que se me comunicaba la concesión de “un punto computable para Concursos de Traslados”. Para quienes no lo sepan, les diré que por cada año de permanencia ininterrumpida en la misma escuela, los maestros y maestras acumulábamos entonces tres puntos en nuestra hoja de servicios, aunque había casos especiales. En 1967, por lo tanto, sumé cuatro puntos: los tres habituales, más uno extraordinario, lo que me proporcionaba una cierta ventaja sobre mis compañeros de promoción a la hora de aspirar a alguna plaza determinada. Con este sistema de puntuación se intentaba premiar la permanencia de maestros y maestras en la misma localidad el mayor tiempo posible con el fin de evitar el cambio constante de docentes, que no favorecía en nada la educación de los alumnos, como ya me había manifestado el Sr. Santos Buey, alcalde de Lobera, aquel día del mes de agosto de 1964, en el que fui a visitar, por primera vez, esa localidad.
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La concesión del “punto” tenía cierta importancia desde el punto de vista administrativo, pero lo que más ilusión me produjo fue comprobar que el inspector, que en un principio había mostrado un cierto rechazo hacia mi forma de pensar, reconoció después oficialmente que nuestra orientación escolar estaba bien encaminada. De nada servía lamentarse de que los pueblos estuvieran en peligro de quedarse medio vacíos. Ya que nada podía hacerse para evitar la “huída“ a la ciudad, lo más sensato era intentar que esa marcha fuera lo menos traumática posible. Me alegré enormemente por mis alumnos. Ellos eran los protagonistas y los merecedores de todos los premios. Es más, estoy seguro que lo que realmente convenció al inspector para la concesión de este reconocimiento no fue otra cosa que los buenos resultados obtenidos por los alumnos de la escuela de Lobera de Onsella en las pruebas a las que se presentaron al finalizar el curso 1966-67. Eran ellos quienes se merecían el “punto”, porque dicho aquí entre nosotros, de forma que no se entere nadie, eran eso, “punto y aparte”. Y ahora, van ustedes a disculpar mi falta de humildad, o exceso de arrogancia, como quieran, pero no puedo resistirme a incluir aquí la fotocopia del escrito recibido de la Inspección de Zaragoza, fechado el 14 de julio de 1967, en homenaje a mis alumnos de Lobera de Onsella, para quienes deseo todo lo mejor de este mundo.
Y con este escrito doy por finalizada mi participación en el apartado “Lobera visto por…”, de la página web de Pascual Plano, agradeciéndole que me haya dado la oportunidad de rememorar, a través de este medio, los bonitos recuerdos de nuestra estancia en Lobera de Onsella, que se prolongó desde el mes de septiembre de 1964 hasta el mismo mes del año 1968, fecha en que emprendimos viaje hacia Cataluña, concretamente hacia Alcarrás (Lérida), donde permanecimos durante catorce años, para regresar después a nuestra tierra.
Mi única pretensión, al volver la vista hacia aquel tiempo vivido en Lobera, ha sido la de rendir un merecido homenaje a cuantas buenas personas tuvimos el honor de conocer y tratar durante aquellos cuatro años. Por tanto, quiero hacer, en primer lugar, una mención especial a nuestras compañeras, tan excelentes personas como maestras, Chelo Sierra, Mª Jesús Rubio, Mª Pilar Barcelona y María Aranda. Asimismo, hay que recordar, por su gran humanidad, a D. José María Aristizábal, el veterinario, a su esposa Mª Pilar Pardo y a sus dos hijas. Y en el gremio de la Iglesia, difícil es olvidarse de mosén Fermín, con su recia personalidad. Era un sacerdote que se tomaba muy en serio lo del rezo, así como la instrucción religiosa de los alumnos, a quienes impartía catecismo los sábados por la mañana. Era un lector empedernido y estaba al tanto de todas las corrientes culturales. Pero también se preocupaba por las gentes del pueblo. Así, en una carta rescatada por Ricardo Vives, investigador y asiduo colaborador de la página web de Pascual Plano, el día 26 de septiembre de 1961 se dirigía mosén Fermín al gobernador civil de Zaragoza para solicitarle un televisor con el fin de instalarlo en una sala de la abadía, según decía, “para entretener el ocio dominguero” de los niños y jóvenes de Lobera.
Del mismo modo, antes de finalizar me gustaría dar un paseo virtual por las calles de Lobera para saludar y agradecer a sus gentes la buena acogida que nos dispensaron, a mi familia y a mí, durante nuestra estancia en aquel lugar. Para comenzar este recorrido, quiero dirigirme, en primer lugar, a casa Molinero para reiterar desde aquí todo lo dicho sobre esta familia en el escrito que les dediqué el pasado mes de noviembre. Pero hubo también otras personas que dejaron huella en nosotros: la familia Begué y la familia Artieda, ambas próximas a la escuela, siempre tan amables y educadas; el Sr. Clemente y su esposa Pilar, tan atentos y colaboradores con la educación de sus dos hijos; el Sr. Olegario, con quien tuvimos poco trato, pero cuya imagen va unida a la plaza de Lobera; la Sra. Nélida, siempre ocupada con su tienda; Martín y Felisa, los carteros, con sus dos hijas, buenos amigos y dispuestos a cooperar allí donde se precisara su ayuda; el Sr. Santos Buey, el alcalde, a quien no traté demasiado, pero que me pareció una persona muy sensata; la familia Mayayo, nuestros vecinos por el este, con Juanito y su hermana, siempre muy ocupados en los múltiples quehaceres de la casa; la familia de José María Plano, nuestros vecinos por el sur, que eran la amabilidad y la educación personificadas; la familia del Sr. Nereo, el practicante, nuestros vecinos por el oeste, con sus alegres tertulias en la puerta de su casa, en las que participaban esporádicamente todas cuantas personas transitaban por allí; Jesús, el carpintero, buen conversador y amigo; la familia Cardesa, con Celia y Blanquita, que fueron de gran ayuda para nosotros en los primeros años de nuestro hijo mayor; la señora de la aguja, por la valentía demostrada, que vivía por la zona de la calle Sol; la familia de casa Marcelo, Pascual, Mª José y sus entonces tres hijos, envueltos en frenética actividad para atender las numerosas tareas de la casa: bar, tienda, teléfono, hacienda, etc.; la familia de Vicente y Jesús Gastón, tan amables y con unos tíos muy divertidos; la familia de José Antonio y José Manuel, preocupándose por los estudios de sus hijos; la Sra. Ramona y su marido, el herrero, por la paciencia y cariño con que cuidaron a las maestras, de pensión en su casa, actuando con ellas como verdaderos padres. Asimismo, quiero enviar también un recuerdo para el resto de las familias de mis alumnos que no he citado aquí, a los que tal vez no traté tanto, pero por quienes siento el mismo respeto y agradecimiento. Para todos ellos, y para cuantas otras personas de Lobera tuvimos el honor de conocer, vaya mi gratitud por los agradables años pasados allí en compañía de gente tan abierta, sincera y amable. Pero de manera especial, pues su recuerdo y añoranza me han empujado a escribir todo esto, dedico los siete escritos publicados en la página web de Pascual Plano a una persona que siempre habló con emoción y cariño de las gentes de Lobera. Me refiero a una extraordinaria mujer, esposa, madre y maestra, llamada María Ángeles Jiménez Merino.
(VI) ¡La maldita aguja!
De nuevo aquí con ustedes para proseguir la narración de algunos hechos vividos durante mi estancia en Lobera de Onsella. Es probable que hayan oído hablar de la curiosa afición que tienen las agujas, especialmente las de coser, de corretear por los vasos sanguíneos de nuestro cuerpo camino del corazón. Esta controvertida creencia, verdadera para muchos y falsa para otros tantos, ha sido utilizada a menudo como arma arrojadiza para ahuyentar a los niños de los lugares que entrañaban cierto peligro para su integridad física. A ella recurrían mi abuela y mi madre, en mi época infantil, cuando intentaba acercarme al costurero con intención de coger las tijeras para llevar a cabo algún que otro desaguisado. “No toques la cestita de la costura”, me decían. “Si te clavas una aguja, correrá por todo tu cuerpo hasta llegar al corazón”. El remedio era mano de santo y surtía el efecto deseado de inmediato. No era para menos.
El contenido del costurero era tan variado como si de un auténtico bazar turco se tratara. Allí había de todo: agujas normales de coser, laneras, y hasta colchoneras, clavadas todas ellas en una almohadilla de tela o en una esponja, que al tomarla en nuestras manos, solía sorprendernos con algún que otro doloroso pinchazo, provocado por alguna aguja traicionera escondida en su interior. Existía también una buena reserva de hilo enrollado en forma de carrete, canutillo o madeja; botones de todas las formas, tamaños y colores; dedales dorados y plateados; hebillas, cremalleras, pinzas, tubitos llenos de alfileres, metro de cinta, cortaúñas, ganchillo, retales de tela para los remiendos, o procedentes del arreglo de los bajos de los pantalones, etc. Era increíble cómo podían almacenarse tantas cosas en un recipiente relativamente tan pequeño. Pero las herramientas más valiosas y peligrosas eran las tijeras. Las había de tres tipos: las viejas, de color ya grisáceo, que más que cortar, mordisqueaban la tela; las nuevas, conocidas también como “las buenas”, y las pequeñas y curvadas, que solían utilizarse en los bordados. Visto lo cual, no era de ningún modo recomendable que las manos infantiles hurgaran en ese mundo misterioso del canastico de la costura. Había que inventar un método radical y efectivo para alejar a las inocentes criaturas de ese peligro en potencia. Y para ello, nada mejor que recurrir a la leyenda de las agujas viajeras, según la cual, cuando una de esas puntas de acero consigue introducirse en nuestro cuerpo, viaja y viaja sin parar por el torrente sanguíneo hasta alojarse en el corazón.
Pero no crean ustedes que esto de las agujas andarinas son cosas del pasado, cuentos de brujería o leyendas que se aprovechaban de la inocencia infantil para atemorizar a los niños. No. La cosa sigue totalmente vigente en la actualidad. Precisamente ayer, navegando por Internet en busca de información sobre este tema, pude comprobar, para mi asombro, que de las 37 personas que intervenían en un foro relacionado con este asunto, 21 de ellas afirmaban que se trata de un hecho verídico, real como la vida misma, que no admite la más mínima duda, mientras que las 16 restantes sostenían que es un bulo, un engaño, utilizado por las personas sin escrúpulos para asustar a los débiles y apocados. Sin embargo, tanto los crédulos como los incrédulos aconsejaban que si se daba el caso de que alguien se clavaba una de esas picaronas agujas, acudiera lo antes posible al médico.
Las agujas y el torrente sanguíneo, ¡qué miedo! Quienes creen en la movilidad de las agujas a través de nuestro cuerpo relatan sucesos espeluznantes que siguen produciéndose en nuestros días, como el de aquella niña que se fue a la cama con una aguja prendida en su pijama y mientras dormía se le clavó en el cuerpo y fue navegando por el torrente sanguíneo hasta llegar al corazón. O aquel otro de la señora que, lavando la ropa, se clavó una aguja sin dar mayor importancia al pinchazo, y al cabo de una semana tuvieron que sacársela porque le estaba obstruyendo los conductos del corazón. O la noticia más reciente, según la cual unos cirujanos de la ciudad colombiana de Neiva tuvieron que operar a una niña de 11 años para extraerle una aguja que tragó por accidente y que se alojó en su corazón. Aunque entre los participantes en el foro citado había algún que otro médico, que aseguraba rotundamente que todo esto de las agujas viajeras es una patraña, ¿quién no siente cierto temor ante los casos reales que se acaban de mencionar?
Cuando una creencia se ha transmitido de generación en generación y ha llegado hasta los más alejados confines de la tierra, algo tiene que haber en ella de verdadero. Si quieren conocer más datos sobre las malas pasadas que pueden llegar a jugarnos las caprichosas agujas, voy a contarles lo que ocurrió durante nuestra estancia en Lobera de Onsella, allá por los años sesenta y tantos.
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Una tarde llamaron con urgencia a la puerta de la casa donde vivíamos. Bajamos enseguida a abrir y nos encontramos con una señora que, con voz entrecortada por la respiración, nos dijo:
—¿Podrían ustedes hacernos un favor? Mi vecina se ha clavado una aguja en la mano y no hay forma de sacársela. Si les viene bien, les agradeceríamos que nos acercaran con su coche al médico de Sos.
—Por supuesto. —contestamos al unísono María Ángeles y yo—. ¿Podrá venir su vecina hasta aquí por su propio pie o quieren que les ayudemos? —le preguntamos mientras se alejaba.
—No se preocupen. Voy a buscarla. Estaremos aquí enseguida. —replicó la señora con cierto alivio en su voz.
Nos pusimos la primera ropa que encontramos a mano y en un instante estábamos ya esperando junto al coche, que se hallaba frente a la casa. Habíamos oído contar tantas historias extrañas sobre las agujas, que teníamos el alma en vilo. Al momento aparecieron ambas señoras por una de las bocacalles que daban a la plaza, risueñas y hablando animadamente, como queriendo dar a entender que allí no pasaba nada y que estaríamos buenos si por una tontería como esa empezáramos a lloriquear como críos. Es decir, que la señora de la aguja, cuyo nombre siento no recordar, nos levantó el ánimo a todos los demás con el optimismo y el valor que le estaba echando al asunto. Recuerdo que no quise ni mirar su mano porque sólo el pensarlo me provocaba un terrible repelús. Tengan ustedes en cuenta que si hubo que salir corriendo hacia Sos, seguramente por recomendación del Sr. Nereo, el practicante, era porque la aguja se había introducido tanto en la palma de la mano, en dirección hacia la muñeca, que ya no había manera de cogerla ni con pinzas. La cosa era ya un poco preocupante.
Antes de emprender la marcha, procuramos que las dos señoras se acomodaran bien en el asiento de atrás con el fin de que el brazo de la portadora de la aguja, sostenido por un pañuelo colgado del cuello, se moviera todo lo menos posible a lo largo del trayecto. Salimos de Lobera templaditos, pero sin excederse, ya que tan importante era llegar pronto a Sos, como evitar que la mano hiciera movimientos bruscos, cosa que podía ocurrir fácilmente en una carretera sin asfaltar y con algún que otro bache. De las cuatro personas que íbamos en el coche, la señora de la aguja era la más dicharachera, la más animada y la más tranquila, al menos en apariencia. Creo que nos vio a los demás tan asustados, que no tuvo más remedio que mostrar mucha valentía para que no nos viniéramos todos abajo.
Al llegar a Sos, tuvimos la suerte de que el médico se encontraba en su casa. Era un señor de alrededor de cincuenta años, alto y con aspecto de médico, como suele decirse. Entramos todos a su consulta y al mostrarle la señora la palma de su mano, en la que apenas podía observarse un punto rojo en el lugar donde la carne se había engullido a la aguja, el médico hizo un gesto de contrariedad, como indicando que aquella iba a resultar una empresa difícil. La aguja se había clavado justo en el punto donde se encuentran la “línea de la vida” y la del “destino”, entre los montes “luna”, a la izquierda, y “venus”, a la derecha, y en dirección al centro de la muñeca, como se ha indicado. El médico nos rogó a María Ángeles y a mí que esperáramos en la salita.
Mi esposa y yo, sentados frente a la puerta de la consulta, permanecíamos inmóviles y en silencio, mientras los del interior hacían probaturas acompañadas de expresiones como “ya casi la tengo”, “no, se me ha escapado”, “tendré que profundizar más en el corte”, “sobre todo no se mueva”, “voy a probar con otras pinzas”, “nada, no hay manera”. La voz del médico cada vez presentaba un tono más preocupante. Mientras tanto, nosotros, atenazados por los nervios, habíamos devorado ya gran parte de nuestras uñas bajo la tensión que estábamos soportando. De pronto, se abría la puerta, salía el médico a buscar algo y volvía a entrar sin decir palabra. La sesión continuaba. “Vamos a cortar un poco más para ver si conseguimos llegar hasta la aguja, ¿está dispuesta?” “No se preocupe, usted haga lo que tenga que hacer”, respondía valientemente la señora. Nosotros, que no sabíamos muy bien lo que estaba ocurriendo allí dentro, nos temíamos lo peor y sospechábamos que la aguja había emprendido ya el viaje sin retorno. Pero de la boca de la portadora de la aguja no salió ni la más mínima queja, ni el más pequeño de los lamentos. Se comportó con una serenidad y una valentía tal que nos dejó maravillados. Tras abrir un buen surco de al menos medio centímetro de profundidad, según pudimos comprobar después, un rotundo “la tengo”, pronunciado con euforia por el médico, nos indicó a todos que, por fin, había podido agarrar la maldita aguja con las pinzas y tirar de ella con energía para hacerla retroceder del camino emprendido. Una expresión de alivio salió espontáneamente de cada uno de nosotros. Enseguida nos llamaron para que entráramos a la consulta y, llenos de alegría, celebramos el feliz desenlace de aquel caso dramático. Antes de vendar la mano, todavía hubo tiempo para contemplar el enorme descalabro que el médico había tenido que realizar para detener el avance de aquella endiablada aguja.
Salimos de la consulta del médico, contentos y satisfechos, como si nos hubiéramos quitado una tonelada de peso de nuestras espaldas. El viaje de vuelta a Lobera pueden ustedes imaginárselo. No paramos de hablar en todo el camino, recordando, como si de una moviola se tratara, cada uno de los momentos cruciales de aquel hecho fatídico. La señora de la aguja, que rondaría los treinta años, tal vez menos, se sentía agradecida y exultante ante el final feliz con que había concluido aquella pesadilla. Ahora sólo había que esperar a que se cerrara la herida escarbada y dedicarse a disfrutar de la vida, con más empeño si cabe. Por nuestra parte, nos sentíamos también totalmente satisfechos por haber podido contribuir a la venturosa resolución del caso.
(V) Referéndum del año 1966:
El 14 de diciembre de 1966 se celebró un referéndum en España por el que se aprobó la Ley Orgánica del Estado. En la convocatoria se indicaba que “Todos los ciudadanos españoles mayores de 21 años, sin distinción de sexo, estado o profesión, tienen el derecho y la obligación de tomar parte en la votación del referéndum, emitiendo libremente el sufragio a favor o en contra del proyecto legislativo consultado”.
El anuncio del referéndum causó un especial revuelo en todo el país. Después de una treintena de años sin ejercer tal derecho, los españoles iban a concurrir a unas votaciones, aunque dicha consulta no gozara del carácter puramente democrático. La organización de dicho evento produjo un cierto nerviosismo en las instituciones responsables de sacar todo aquello adelante. Se confeccionó el censo de votantes, se recibieron las papeletas correspondientes, e incluso, hubo estreno de urnas para la ocasión. Todo debía estar a punto para el día señalado.
Y Lobera de Onsella no podía ser menos. Llegado el momento, se instaló la mesa única de votación en la escuela de párvulos, lugar céntrico y accesible para todos. Se constituyó la mesa electoral, cuya composición no recuerdo en este momento, y se tuvieron en cuenta hasta los más pequeños detalles para que la jornada se desarrollara con total normalidad. Comenzaron las votaciones y las gentes de Lobera, alegres y optimistas como siempre, hicieron efectivos, poco a poco, “el derecho y la obligación” de participar en aquella convocatoria. Fue un día tranquilo, de ilusión para muchos, y de añorados recuerdos, tal vez, para otros.
Finalizado el tiempo marcado para depositar las papeletas, llegó la hora de abrir la urna y proceder al recuento de los votos. No había que ser un mago para adivinar cuál sería el resultado final. La gente en general, y los habitantes de los pueblos en particular, pensaron de buena fe que si aquello iba a ser beneficioso para España, como decían los promotores del referéndum, también lo sería para ellos. Todo se había desarrollado con absoluta normalidad hasta aquel momento. Sin embargo, justo cuando iba a iniciarse el recuento de los votos, ocurrió algo que trastocó un poco las cosas. El hecho puede calificarse de superficial, si se quiere, pero me impactó de tal forma que ha permanecido imborrable en mi mente a lo largo de los 42 años transcurridos desde aquella fecha. Cuando todo estaba dispuesto para iniciar el escrutinio, como he dicho, apareció en la puerta de la clase un señor que portaba la papeleta en su mano, dispuesto a votar, si no había inconveniente para ello. Había regresado del monte con el tiempo demasiado justo y, por unos minutos, llegaba tarde a la mesa de votación. El secretario, que era quien dirigía todo el proceso, le indicó que no podía ejercer su derecho porque se había agotado el tiempo marcado para ello. No obstante, las seis u ocho personas que nos encontrábamos en el local, tras un intercambio de opiniones sobre el particular, llegamos a la conclusión de que era una lástima que aquel señor, por llegar un par de minutos tarde, no pudiera cumplir con su “derecho y deber de votar“. Que el mínimo espacio de tiempo transcurrido desde la hora señalada para el cierre no era motivo suficiente para impedirle depositar su voto, ya que había realizado un importante esfuerzo para intentar llegar a tiempo. El hombre permanecía callado, papeleta en mano, a la espera de lo que se decidiera. En general, todos los presentes éramos partidarios de que, una vez llegado hasta allí, había que permitirle depositar su voto, momento tantos años esperado. Hubiera resultado para todos muy violento que aquel hombre regresara a su casa sin poder llevar a cabo su ilusión. El secretario, un poco nervioso porque se vulneraban en una milésima parte imperceptible las normas del referéndum, al escuchar esos razonamientos, se volvió hacia el señor y le dijo:
—Déme la papeleta. Vamos a ver qué ha votado usted.
De forma instintiva e imprevista, sin darse cuenta diríamos, el secretario cogió la papeleta que portaba el señor en la mano, la abrió delante de todos y la depositó sobre la mesa, iniciando de ese modo el recuento de los votos. Me resulta imposible recordar ahora en cuál de los dos apartados, el del “sí” o el del “no”, quedó incluida la citada papeleta. Eso importaba muy poco en aquellos momentos ante lo que acabábamos de presenciar.
Mientras el escrutinio continuaba, aquel hombre, de unos cincuenta y tantos años, de estatura media tirando a alto, fuerte, con su buen traje de pana color canela, la boina bien centrada en su cabeza, con aspecto de buena persona, las mejillas sonrosadas y el color saludable de quienes respiran el aire puro del monte, se quedó paralizado, avergonzado, como si le hubieran robado la cartera, como si se le hubiera despojado de su intimidad. Yo, que me encontraba justo en frente de él, pude captar toda la expresividad de su rostro. Hizo como que quería decir algo, pero al fin optó por callarse. Comprendió que no serviría de nada el reclamar. La expresión de su cara fue poco espectacular, pero sí lo suficientemente reveladora como para que después del tiempo transcurrido, permanezca en mi mente como si acabara de ocurrir en este mismo instante. La ilusión con que aquel hombre había ido a votar, después de tantos años, se vio truncada en unos segundos al quedar en evidencia delante de todos. En su rostro sólo había decepción, humillación e indefensión ante el bochorno que acababa de sufrir. Y todos esos sentimientos, que aparecieron por unos segundos en su rostro, se los guardó para sí mismo, pensando, tal vez, que no valía la pena expresarlos porque los que estábamos allí no íbamos a ser capaces de comprenderlo.
Lo asombroso del caso, como digo, es que han transcurrido 42 años de aquel hecho y la cara de aquel hombre sigue intacta en mi mente, en mi memoria. Como saben ustedes, los recuerdos del pasado, al menos en mi caso, están salpicados de imágenes, de instantáneas, que sobresalen del resto. No son precisamente los grandes acontecimientos lo que más recordamos, sino los detalles, momentos sueltos, instantáneas de hechos concretos. Si tuviera que enumerar, por ejemplo, tres de mis imágenes imborrables, tres instantáneas que han perdurado en el tiempo, aparte de otras muchas, citaría la imagen de mi familia numerosa reunida en torno al hogar en aquellas largas noches del invierno; las caras de decepción de mis compañeros de caza aquel día que, tras dos disparos fallidos con la escopeta, logré que una liebre aumentara, más si cabe, su ya alta velocidad; o la cara de aquel niño de la Escuela Aneja de Huesca, que en el transcurso de la realización de la tabla de gimnasia del examen de oposiciones me avisó, disimuladamente con la mano, que debía ordenar “descanso” antes de pasar al siguiente ejercicio. Son instantáneas que quedan grabadas a fuego en nuestra mente. Nada tiene que hacer contra ellas el paso del tiempo. Siguen ahí tan nítidas como el primer día.
Antes de proseguir, no obstante, quiero dejar muy claro que en el hecho ocurrido en Lobera de Onsella el día del referéndum no hubo ni un gramo de mala intención por parte de nadie. Salieron las cosas así por falta de entrenamiento. Si las normas del referéndum se hubieran aplicado a rajatabla, tal como pretendía el secretario, todo hubiera sido distinto. Si se hubiera hecho valer la legalidad correspondiente, en cuanto aquel señor se asomó por la puerta con la papeleta en la mano, se le hubiera indicado que el plazo para votar había finalizado, y asunto concluido. Allí concurrieron factores diversos, tales como: que en los pueblos se conocen todos los vecinos; que hacía treinta años que no se habían celebrado votaciones; que para los del pueblo, llegar unos minutos tarde no era motivo suficiente para negarle el voto a una persona; que nadie deseaba que hubiera perjudicados, y que todos querían que las cosas salieran bien. Es cierto que la solución adoptada por el secretario no fue la mejor. Pero, claro, es muy fácil decirlo ahora tras observar repetidas veces las imágenes de la jugada, como ocurre con los acontecimientos deportivos. Nadie de los presentes tenía interés por saber qué había votado aquel señor. Fue una decisión, tomada en décimas de segundo, sin pensar que con ello se atentaba contra la privacidad del voto, esencia de la libertad democrática. Queda claro que no se actuó correctamente. Sólo hay que recordar la cara del votante para darse cuenta de que algo se hizo mal. Pero también puedo asegurarles a ustedes, como testigo que fui del hecho, que allí no hubo ni la más mínima sospecha de intencionalidad. Sólo precipitación.
Y hablando de la “privacidad del voto”, de poco ha servido, según parece, el tiempo transcurrido desde aquel 14 de diciembre de 1966. Sin ir más lejos, en las elecciones municipales del 27 de mayo de 2007, se detectó alguna que otra pequeña irregularidad en el soporte electoral, sin demasiada importancia, por supuesto, pero que no favorecieron en nada el respeto debido a la sagrada “privacidad”. No sé si les ocurrió a ustedes ese día lo que a mí. Al extender sobre la mesa del salón de mi casa la propaganda electoral recibida en el domicilio, me encontré, para mi asombro, con que los sobres, tanto los blancos como los de color sepia, no eran totalmente idénticos entre sí: intensidad y tamaño de la letra, localización de los enunciados y matices en el color sepia eran algunas de sus diferencias. Me resultaba inaudito que se cometieran aquellos pequeños, pero evidentes, errores después de tantos años de democracia en este país. Entonces me dije: con estas “diferencias” ya no es preciso recurrir a las encuestas a pie de urna. Basta con estar atentos a las “señas de identidad” de cada sobre y tomar nota. Es decir, que cualquier interesado podía saber, a simple vista, cuál era la intención de voto del confiado votante que se acercaba a su mesa electoral.
Cuando expuse el caso al presidente e interventores de la mesa donde me correspondió votar, todos manifestaron desconocer la existencia de tales irregularidades, tal vez porque no se habían molestado en comparar la propaganda de los distintos partidos. Sin embargo, las diferencias entre los sobres eran tan evidentes que parecía increíble que nadie se hubiera percatado de ello. Sí, ya sé, para despistar al personal o a los controladores basta con introducir la papeleta de un partido en el sobre de otro. Pero los que no vivimos de la política tenemos que estar al tanto de nuestras cosas, de nuestro trabajo diario, y no podemos malgastar el tiempo inventando estratagemas para disimular a quién votamos. Esos detalles son responsabilidad de la Junta Electoral. Es bien sabido que un elevado porcentaje de votantes acostumbra a llevar las papeletas preparadas de su casa y, por tanto, metidas en sobres que, en este caso, eran fácilmente identificables. No vale con que los sobres de los distintos partidos políticos se parezcan, han de ser totalmente idénticos. Así que, señores de la Junta Electoral, vamos a ver si en los próximos comicios, ya muy próximos, salvaguardan ustedes con mayor celo la esencia más sagrada del voto, la privacidad, y de paso muestran un poco más de respeto hacia el votante que, al fin y al cabo, es el hacedor y mantenedor de la democracia.
(IV) LA MISA DE LOS DOMINGOS:
Como ya dije en otra ocasión, hubo un tiempo, cuando éramos simplemente maestros, que teníamos que fijar nuestra residencia en la localidad de destino. Digo lo de “simplemente maestros” porque no sé si ustedes conocen la retahíla de títulos que hemos ido acumulando a lo largo de las últimas décadas. En los años sesenta, el título que colgaba de una de las paredes de mi casa anunciaba que allí vivía un “Maestro de Primera Enseñanza”. En los setenta, se nos encumbró, por obra y gracia, al título rimbombante de “Profesores de E.G.B”. Así al menos figuraba en mi DNI. Sin mover un dedo por nuestra parte, de un plumazo, como suele decirse, habíamos sido admitidos en el club de los “profesores” porque, según decían, merecíamos una mejor consideración social y económica. Pero como la alegría de los pobres suele ser muy efímera, pronto se levantaron voces en contra de nuestro ensalzamiento gratuito. Resultado, fuimos degradados otra vez, nos quitaron los galones como en las películas americanas, y nos devolvieron de nuevo al estatus de “Maestros de Educación Primaria”. En el largo proceso había desaparecido de nuestro título la palabra “Enseñanza”, tal vez por anticuada, y en su lugar figuraba el término “Educación”, que tampoco está nada mal. Aunque si les he de ser sincero, después de tantos años en el mundo de la docencia, tengo mis dudas sobre con cuál de ambos vocablos, “enseñanza” o “educación”, se llega más lejos hoy día. Lo ideal es que ambas expresiones vayan bien conjugadas.
Mientras tanto, comenzó la fiebre de las especializaciones; se regularon las habilitaciones; se implantaron los reciclajes; comenzó el desfile diario de un batallón de maestros por la misma clase; se convocaron reuniones y más reuniones en los colegios para atender al enorme entramado burocrático, olvidándonos a veces de que los alumnos nos estaban esperando en la clase; eran tantos los proyectos, los informes y las memorias que había que redactar, que cuando nos presentábamos ante nuestros alumnos nos encontrábamos ya medio extenuados. Los altos controladores, también llamados inspectores, ya no iban a juzgarnos ahora por el nivel de los conocimientos de nuestros alumnos, como ocurría antes, sino por nuestra mayor o menor habilidad y diligencia a la hora de “tramitar el papeleo oficial”. Pueden creerme si les digo que sé de qué les estoy hablando. No en vano he desempeñado el cargo de secretario durante una treintena de años en distintos colegios. Como pueden ustedes suponer, ni los maestros de antes y ni los actuales son los responsables de semejante tinglado burocrático. Las decisiones siempre han emanado de las altas esferas. Incluso estoy convencido, tal vez pecando de inocente, que todas las reformas educativas, las de antes y las de ahora, se acometieron con la mejor intención del mundo.
El caso es que, en aquellos tiempos en que éramos “simplemente maestros”, llegábamos al pueblo de nuestra escuela a comienzos de septiembre y permanecíamos en él hasta las vacaciones de Navidad. Después, hasta Semana Santa. Y así sucesivamente. Supongo que a los jóvenes maestros y maestras actuales esto les parecerá algo insólito, imposible, insoportable. ¡Cómo iba uno a encerrarse en un pueblo pequeño perdido entre montañas, sin luz, sin agua corriente, sin cines, sin periódicos, sin teléfono, sin biblioteca, sin tele, sin móvil, sin Internet…! No es que estuviéramos prisioneros. Podíamos organizar tantas escapadas como deseáramos o acudir a las fiestas de los pueblos vecinos. Pero al tener clase los sábados por la mañana, difícil era, con los escasos medios de transporte existentes, alejarse mucho del pueblo de destino. Así que, lo aconsejable era adaptarse a las costumbres del lugar y disfrutar de la convivencia con sus gentes.
En realidad, la cosa no era tan grave. La estancia prolongada en una localidad alejada del mundanal ruido tenía también sus encantos, y muchos. En un pueblo, el maestro era el señor maestro, y la maestra, la señora o señorita maestra: D. Pedro, D. Francisco… Dª. Genoveva, Dª. Lourdes… Si cumplían con sus obligaciones con normalidad, eran personas muy respetadas. Su comportamiento correcto se veía recompensado con el aprecio de todos. Era habitual, asimismo, que los maestros se implicaran en los asuntos locales. Muchos, como es el caso de Benasque, Campo, Estadilla, Bujaraloz, por citar algunos ejemplos que conocí, alternaban su trabajo escolar con los cargos de alcalde, secretario o banquero.
Una de las obligaciones morales que tenían los maestros en aquella época era la de asistir a la misa de los domingos en compañía de sus alumnos. Cuando la campana de la iglesia de Lobera convocaba a sus feligreses, las maestras y el maestro, junto con sus alumnos, debían instalarse en los primeros bancos de la iglesia. Los chicos, con su maestro, en el lado derecho, y las chicas, incluidos los párvulos, con sus maestras, en el lado izquierdo. Ante la mirada de los presentes, los docentes avanzaban por el pasillo central y se situaban junto a sus alumnos para controlar en todo momento su comportamiento. Mientras mosén Fermín declamaba oraciones y más oraciones con su voz clara y rotunda, los niños y niñas guardaban un silencio absoluto. Y ello no se debía sólo a la vigilancia que sobre ellos ejercían sus maestros, sino también al control que provenía de todos los presentes. Ni siquiera les estaba permitido recurrir a la típica voz de “confesionario”, es decir, al “bis, bis, bis…”, para comunicarse entre sí. Nada.
La actitud de los alumnos de Lobera durante la celebración de la misa solía ser totalmente correcta. Pero un día, al parecer, no fue así, ya que al salir al pórtico de la iglesia se me acercó una señora mayor, que con toda amabilidad y educación, me dijo en voz baja:
—Señor maestro, dos de sus chicos han hablado durante la celebración de la misa. Usted no se ha dado cuenta, pero Fulanito le ha dicho algo a Menganito.
Ante el agravio que para aquella señora representaba el comportamiento incorrecto de los dos alumnos en un lugar sagrado como era la iglesia y en un momento tan importante como la celebración de la santa misa, no tuve más remedio que responderle con cierta energía:
—No se preocupe, señora, que mañana, en cuanto entremos a clase, voy a tomar las medidas oportunas para que no vuelva a repetirse nunca más una cosa así.
La señora, visto el interés con que había aceptado su reclamación, se despidió de mí con amabilidad y se alejó contenta y feliz. Y es que las gentes de los pueblos, yo soy de pueblo y siempre he presumido de ello, tienen, al menos antes, unas convicciones muy sólidas.
La misa del domingo era tanto un acto religioso como un encuentro social. Hay que haber vivido aquella época para descubrir su verdadero significado. La misa del domingo representaba la convocatoria del pueblo, el encuentro, la convivencia, la participación conjunta. La misa del domingo obligaba a los agricultores a hacer un alto en su constante laborar. La asistencia a misa era un motivo para “mudarse”, como se decía entonces, para vestirse con la “ropa de los domingos” y acudir a la iglesia bien arreglados, con las mejores galas, pues antes los hombres y las mujeres de todas las edades también sabían ponerse muy guapos y muy guapas, como puede apreciarse en las fotos de personas de Lobera, que he tomado prestadas de la página web de Pascual Plano.
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El primer encuentro de los vecinos de Lobera tenía lugar en el pórtico de la iglesia. Esos momentos previos al comienzo de la misa eran aprovechados por todos para saludarse e interesarse por el estado de las familias; se hacían pronósticos sobre el tiempo atmosférico presente y futuro; se intercambiaban opiniones sobre las labores del campo; se preguntaba por los hijos que se encontraban cumpliendo el servicio militar, o por aquellos que habían emigrado. Era la primera fase de contactos para “ponerse al día en los asuntos relacionados con el pueblo y sus gentes”. A veces, el entusiasmo entre los asistentes llegaba a tal punto, que no se percataban de que la campana había dado el último toque y que la misa había comenzado. Era entonces cuando salía alguien del interior de la iglesia, o tal vez un monaguillo enviado por mosén Fermín, para rogarles que bajaran el tono de la conversación. Un poco avergonzados por la distracción, se despedían a media voz de sus interlocutores, señalando que continuarían la charla al finalizar la ceremonia religiosa. Al tiempo que las mujeres se colocaban la mantilla sobre la cabeza con todo el cuidado del mundo para no estropear su artístico peinado, los hombres cogían con una mano la boina, si es que la portaban, y con la otra tomaban el agua bendita y se la ofrecían a sus acompañantes.
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En el transcurso de la misa, entre rezo y rezo, se disponía de tiempo suficiente para pasar revista a los atuendos de los asistentes. Era buen momento para que las mujeres, que suelen estar más al tanto de esas cosas, controlaran los estrenos y peinados de sus vecinas, o también para que los mozos observaran embobados desde el coro, donde solía haber algún que otro codazo para ocupar la primera línea, a las mozas hechas y derechas en que se habían convertido aquellas que hasta hace cuatro días eran tenidas por unas niñas. Por lo tanto, el silencio de la iglesia era el ambiente más adecuado para rezar, pero también para controlar todas las novedades que pudieran surgir, en todos los aspectos, de un domingo para otro.
Una vez cumplido el mandamiento dominical, se producía un segundo encuentro de convivencia en el pórtico y calles adyacentes a la iglesia, pero en esta ocasión de forma más relajada y prolongada. Excepto alguna cocinera que necesitaba dar una vuelta por su casa para recordar el puchero del cocido, que llevaba ya tres horas hirviendo, o algún que otro pastor que debía sacar las ovejas al monte, los demás, mayores y jóvenes, no tenían prisa. Deseaban aprovechar el día de descanso para disfrutar de la compañía de sus convecinos, ya que a lo largo de la semana apenas podían intercambiar un escueto saludo mientras iban o venían de sus múltiples quehaceres. Y ahora que hablamos de pucheros, pregunto a quienes hayan viajado o vivido fuera de Lobera: ¿Encontraron ustedes por esos mundos de Dios algo que se pareciera, ya no digo igualara, al cocido de su abuela, o al de su madre, cocinado en aquellos pucheros de barro a base de mantenerlos en fuego lento desde el punto de la mañana hasta el medio día? ¿Recuerdan aquel sabor a gloria bendita? ¿Y aquel olor que resucitaba a los muertos, según decían? Era el mejor ambientador jamás inventado.
Volviendo a lo que estábamos, pues si seguimos hablando de esos manjares tan exquisitos no habrá más remedio que hacer una visita al frigorífico, la salida de misa representaba un momento de relajación, necesario tras una semana muy atareada. Poco a poco, la gente iba abandonando el pórtico de la iglesia, pero sin bajar el tono de su voz. En grupos de edades similares, se encaminaban hacia las calles del entorno o descendían hacia la plaza. Andaban unos pasos, hacían una paradita aquí, un descanso allá, mientras continuaban absortos en sus temas de conversación.
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Los chavales, una vez liberados de sus deberes de monaguillos o de la vigilancia de los maestros, salían corriendo para practicar sus juegos preferidos o realizar algunas exploraciones por las inmediaciones de la iglesia, cosa que podía terminar, si no se ponían los cinco sentidos en ello, en una buena reprimenda al llegar a su casa con algún que otro descosido o alguna mancha imborrable en su “ropa buena”.
Las personas mayores, menos ágiles, se detenían cada pocos pasos mientras analizaban la marcha de la cosecha, pronosticaban el tiempo, daban un repaso al estado en que se encontraban los pastos para el ganado, sacaban a colación algún que otro recuerdo de su juventud, repetían por enésima vez el relato de aquella cacería de jabalíes llevada a cabo en sus años mozos, e incluso, referían alguna anécdota ocurrida mientras cumplían el servicio militar.
Las dueñas, como auténticas directoras generales de sus casas, aunque con alguna ausencia por tener que acudir a recordar la comida, constituían el grupo más activo, más vital, más dicharachero. Disponían de poco tiempo y eran muchos los temas a tratar. Tenían unas ganas enormes de explayarse, de contarles a sus convecinas cuáles eran sus proyectos, sus alegrías y sus tristezas. Ocurría, a veces, que esa necesidad perentoria de ser escuchadas, las llevaba a que cada cual expusiera su punto de vista, sus opiniones, sus penas y sus triunfos por su cuenta, incluso hablando varias de ellas al mismo tiempo, sin prestar apenas atención a lo que decían sus compañeras, ya que lo que más les importaba no era lo que ocurría en las casas de sus vecinas, sino el poder contar a las demás sus preocupaciones, sus éxitos, lo bien que habían vendido los corderos ese año, la suerte que tuvieron con las dos caballerías que compró su marido en la feria de Ejea, lo listos y buenos que eran sus hijos, lo rico que era el novio de la hija mayor, la suerte que tuvo uno de sus hijos al entrar a trabajar en una fábrica muy importante de Zaragoza… Cada una de ellas pensaba que si esperaba a que le tocara el turno o si se pasaba el rato escuchando a las demás mujeres, no tendría tiempo suficiente para contar todas las cosas que tenía preparadas. Para terminar este punto, desearía hacerle, a usted lector, la siguiente pregunta: ¿Presenció alguna vez la animada conversación de un grupo de dueñas de Lobera de Onsella? ¿Ah, no? Pues permítame decirle que no tiene usted ni la más mínima idea de lo que es una “verdadera directora general de una empresa familiar”.
La misa del domingo era también una ocasión propicia para que chicos y chicas, casaderos o no, pudieran juntarse, conversar y bromear mientras paseaban por las calles o se detenían a tomar el vermouth, con sus sabrosas tapas, en alguno de los dos “cafés-bares” que había entonces en Lobera, como eran el del Sr. Clemente, que se encontraba en la plaza, y el de casa Marcelo, situado en la calle de San Juan y regentado por el Sr. Pascual y la Sra. María José, donde podía aprovecharse la visita para poner una conferencia telefónica a los familiares o amigos ausentes.
Si el día era bonancible, no podía faltar el acostumbrado partido de pelota en el frontón, donde los contendientes se jugaban el aperitivo, tapas incluidas, al tiempo que aprovechaban la ocasión para impresionar a la dama de sus amores con su potencia física y sus habilidades en el juego. La fotografía que se adjunta, aunque más reciente, refleja perfectamente lo que ocurría en ese lugar un domingo cualquiera de los años sesenta. La reunión de mozos y mozas solía finalizar acompañando los caballeros a las damas hasta la puerta de su casa.
Al llegar al mediodía, cuando el astro rey se encontraba ya en el punto más alto del firmamento, todos comprendían que era la hora de dirigirse hacia sus respectivas casas para reunirse con su familia en la mesa o en torno al hogar. Pero los efectos de la misa dominical no habían finalizado todavía. Lo visto y oído en la convocatoria religioso-social sería tema de conversación durante la comida en todos los hogares. El diálogo que voy a transcribir a continuación pudo ocurrir, en los años sesenta, en una cualquiera de las familias de Lobera de Onsella. Creo que no es necesario advertir que todos los nombres que aparecen en el mismo sólo existen en la imaginación.
La abuela ha sido la primera en regresar a casa para terminar de componer la comida, que ya dejó apartada junto al fuego al salir hacia la iglesia. Poco a poco, hacen acto de presencia los demás miembros de la familia. Unos se han cambiado ya la ropa de los domingos por la de faena. Otros siguen arreglados, especialmente los jóvenes, porque quieren salir de nuevo por la tarde. Por fin, tras reiterados llamamientos realizados por la madre, se logra que la familia numerosa, como casi todas las de entonces, esté dispuesta en la mesa para dar comienzo a la comida principal del día:
—¡Hay que ver la gente que había hoy en misa! —comenta la abuela mientras da la última revisión a las cacerolas.
—¿Habéis visto a los de casa Tal? Apenas hace dos años que se fueron a vivir a Zaragoza y ya han vuelto como si fueran unos marqueses, trajeados, llenos de joyas y hablando “refinado” como en la ciudad —dice la madre con cierto resquemor, temerosa de que sus hijos elijan también el camino de la emigración—. Aquí mucho presumir, pero allí seguro que tienen que ir a fregar escaleras para poder vivir —continúa, mientras sirve el primer plato.
—Mamá, yo he hablado con ellos y me han parecido tan amables como siempre. Lo que ocurre es que en Zaragoza, al haber tantas tiendas, tienen más facilidad para comprarse ropa y por eso van más arreglados —interviene la hija mayor, que ha intuido la preocupación de su madre.
—Mamá, ¿a que no adivinas quién nos ha invitado a un vermouth? —suelta la segunda de las hijas, mientras en sus mejillas se produce un asomo de rubor.
—¡Hija mía! ¡Te he dicho mil veces que no tomes ni una gota de alcohol! —responde con prontitud su madre sobresaltada por lo que acaba de oír.
—Pedro de casa Tal y Juan de casa Cual, nos han invitado a mi amiga y a mí a un vermouth en el bar de la plaza —continúa la joven mientras su cara permanece resplandeciente por la ilusión.
—¿No decías hace pocos días que esos chicos eran unos antipáticos y que sólo se fijaban en las chicas de fuera, como las de Isuerre o Navardún? —replica la madre toda extrañada.
—Pues hoy han estado la mar de simpáticos, sobre todo Pedro. No sabía que era tan agradable —certifica la joven de los dieciocho años recién cumplidos, mientras se olvida de que tiene la comida en el plato.
—¡Uy, uy, uy!... —sentencia el hermano mayor mientras gesticula poniendo caras de enamorado.
—¡Deja en paz a tu hermana! —le increpa la madre—. ¿Y a ti, qué te pasa, que no has pronunciado palabra desde que has vuelto de misa? —prosigue la dueña volviéndose hacia su marido, que está como ausente.
—Miguel, el de Tal, me ha invitado a su casa para enseñarme las dos caballerías que compró en la feria de Uncastillo. ¡Vaya par de machos bien plantados! Tenía que haberle hecho caso e irme con él para buscar recambio para estos animales de labranza nuestros, que tienen ya demasiados años —responde el hombre librándose de una pesadumbre que le oprimía.
—Nuestros machos están todavía muy fuertes y sanos. Aún pueden tirar un par de años más. Vete a saber lo que le habrán costado. A ti te habrá contado lo que ha querido, pero… —contesta con energía la dueña de la casa para levantar el ánimo a su marido.
—Me ha parecido que Inés, la joven de casa Tal, está embarazada. ¿Os habéis dado cuenta vosotros? —dice de pronto la hija mayor. Pero nadie se ha percatado de ello.
—Pues ya es hora. El próximo mes hace un año que se casaron —responde la madre, que está al tanto de todo lo que se habla en la mesa.
—La que estaba guapa de verdad era la moza de casa Cual —recita la madre en voz alta mientras mira de reojo a su hijo mayor—. Llevaba un traje-chaqueta rojo muy elegante. Es una chica que vale mucho. Sabe hacer todas las faenas de la casa y, cuando es necesario, acude al campo a ayudar a los hombres sin que se le caigan los anillos. Me han dicho que incluso se cose ella misma su propia ropa de vestir —prosigue con énfasis la madre para ver si su hijo se decide, de una vez por todas, a buscarse novia. Es hora de hacer herederos, y el mozo no tiene trazas.
—Me ha dicho Toñito, de casa Tal, que van a comprarle una bicicleta —apunta tímidamente el hermano pequeño.
—Hermanito, déjate de gastos inútiles, que no estamos como para tirar el dinero por la ventana —le increpa el hermano mayor, aprovechando un cierto resentimiento que se ha apoderado de él tras escuchar las indirectas que le ha lanzado su madre.
—Bueno, bueno —interviene el padre—. Todo tiene solución. Mirad, cuando llegue el otoño, os vais unos cuantos días a recoger setas, que en los bosques de Lobera abundan mucho y, junto con alguna ayudita nuestra, conseguirás tu bicicleta deseada. Lo que algo vale, algo cuesta —recalca el padre de familia, que ha estado durante la comida más callado de lo habitual.
¿Verdad que les gustaría a ustedes sentarse alrededor de una mesa con personas como las que aparecen en este diálogo? Pues algo semejante ocurría en la mayoría de los hogares de Lobera en los años sesenta. Tengan en cuenta que el pueblo tenía entonces un censo de 450 habitantes, y eso daba para mucho. Sólo quien ha disfrutado de esa conversación pausada, tranquila y serena; sólo quien ha saboreado esa convivencia vecinal, libre del sometimiento actual a la TV, a la consola, al móvil o a Internet, entre otros, sabe cuál es la verdadera esencia de vivir en un lugar como Lobera de Onsella.
(III) MIS ALUMNOS DE LOBERA DE ONSELLA
La naturaleza humana, no sé por qué razón, dispone de un filtro que, con el paso del tiempo, va eliminando de nuestra memoria todo aquello que en su momento resultó desagradable para nosotros. No es el caso de mi estancia en Lobera, que exceptuando alguna minucia de poca importancia, que en otra ocasión comentaré, todo lo que allí me ocurrió fue digno de guardar a buen recaudo en el baúl de los buenos e imborrables recuerdos.
Les prometí a ustedes que en esta tercera entrega iba a hablarles de mis alumnos de Lobera de Onsella, y así lo voy a hacer. Han pasado ya 43 años desde aquel mes de septiembre de 1964, y parece que fue ayer. Para que se hagan una idea del estado emocional con el que comencé el curso, les diré que recuerdo perfectamente cuál era el color de mi camisa aquel primer día de clase. No era para menos. Aunque había ejercido un año de provisional en Eriste, Valle de Benasque, ese día significaba mi primera clase como propietario definitivo. Desde el punto de vista personal, era un día importante para mí, que ponía colofón a unos cuantos años de estudio y trabajo, combinados ambos, y a unas difíciles oposiciones para cuya superación había que estar, como quien dice, bien comidos. Creo que ahora me comprenderán si les digo que la camisa que portaba aquel día era de color azul claro, con un rayado fino disimulado, y con las mangas dobladas hasta la mitad del antebrazo.
Tras entrar a saludar a María Ángeles, la nueva maestra de Párvulos, a quien no conocía todavía, continué mi camino hacia mi lugar de trabajo. Contemplada desde el frontón, mi escuela semejaba una fortaleza situada allá en lo alto, a la que había que llegar ascendiendo por una calle empinada con el suelo descarnado, irregular, medio empedrado, pero con guijarros sueltos y algún que otro agujero que obligaban al caminante a poner toda su atención a la hora de dar un paso. Al acercarse uno a la puerta de entrada al edificio escolar, había que extremar todavía más la precaución, ya que para acceder a ella debían salvarse unas escaleras dispuestas en forma de abanico, medio desconchadas y desgastadas, que representaban un verdadero peligro para quien transitara por ellas. Pero eso no es todo. Una vez superado ese obstáculo, al asomarse a la puerta se cercioraba uno de que el peligro no había hecho más que empezar, ya que para llegar a las clases había que escalar una larga y pendiente escalera que, observada desde arriba, descendía de forma vertiginosa hacia el vacío. Debo aclarar, para que ustedes no me tilden de señorito criado entre algodones, que todos estos temores no se referían a mi persona, sino a lo que ello podía representar para la integridad física de los escolares. Sin embargo, mis preocupaciones por ese motivo se desvanecieron pronto al comprobar que mis nuevos alumnos, que estaban ya esperándome, se movían por aquellas irregularidades del terreno con la ligereza propia de una gacela.
En un principio, incluso llegué a pensar que tanto las autoridades locales como los padres de los alumnos se desentendían de aquel problema, pero estaba equivocado. Durante el verano de 1965, si mal no recuerdo, aprovechando el período de vacaciones, se construyó un muro de contención delante de la puerta, desviando las escaleras para ambos lados, como puede observarse en la fotografía de los alumnos. Pero hay más. Como muestra de la inquietud e interés que el alcalde, el Sr. Santos Buey, mostró por la resolución de ese problema, voy a copiar aquí el resumen del escrito que en su momento dirigió a las autoridades de Zaragoza solicitando la subvención necesaria para llevar a cabo esa obra. El hallazgo del documento se debe a Ricardo Vives, investigador entusiasta de la historia y de todo lo referente a Lobera de Onsella, que junto con Pascual Plano, a través de su página web, están volcando toda su ilusión y esfuerzo en la divulgación y propagación, a los cuatro vientos, de todo cuanto vaya ligado al pasado y presente de ese bonito y remozado pueblo. El contenido del documento rescatado por Ricardo, incluido en la web de Pascual, es el siguiente: “21.12.1963. El Alcalde de Lobera, Santos Buey, pide subvención para las obras del pueblo, pues tiene una deuda el ayuntamiento con una entidad bancaria por obras de abastecimientos de aguas y teléfono público, que se espera pagar con los aprovechamientos forestales, pero que no les llega para obrar en la escuela y ayuntamiento”. Como queda claro, en 1963, un año antes de mi llegada a Lobera, las autoridades locales ya habían realizado las oportunas gestiones para resolver el tema de las escaleras, noticia que me ha producido, aún transcurridos tantos años, mucha satisfacción.
Pero con el paso del tiempo, aquel muro que quizá dañaba la esbeltez de la fachada de los nuevos locales del Ayuntamiento y de la Asociación Cultural Sesayo, ha sido sustituido por una transparente barandilla, que sin dejar de desempeñar la función de contención para la que se construyó, le añade un toque de elegancia a la estética del entorno. El resultado ha sido tan satisfactorio, que las propias autoridades políticas, representadas en este caso por el presidente de la DGA, D. Marcelino Iglesias; el presidente de la DPZ, D. Javier Lambán, y la alcaldesa de Lobera de Onsella, Dª. Mariví Cabanes, no han podido resistir la tentación de asomarse a ese púlpito, plataforma idónea para el discurso político en busca del voto. Tomando las fotos de la página web de Pascual, podemos contemplar dos perspectivas diferentes de ese lugar.
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Una vez superados todos esos obstáculos del terreno, insignificantes para una persona joven, y llegados a la clase, se sentía uno como aislado del mundo; como inmerso en un remanso de paz, donde sólo el viento, que silbaba en la ventana de atrás en los días fríos del invierno como si de una serpiente rabiosa se tratara, rompía la quietud que lo presidía todo, hasta que llegaba la hora de recreo, claro. Mirar por las ventanas en los momentos de descanso, y dejar que la vista se trasladara hasta el verde oscuro de las montañas del fondo, era la mejor terapia para el espíritu. Una sensación imaginaria de aire puro le invadía a uno.
Antes de continuar mi relato, les diré que en el rellano de la parte alta de las escaleras saludé a la Srta. Chelo, la nueva maestra de chicas, a quien tampoco conocía. Ambas clases, la de las chicas y la de los chicos, eran prácticamente simétricas, con las escaleras como eje. Cada una de ellas tenía dos ventanas que daban hacia el sur, hacia el pueblo, y una que miraba hacia el norte, azotada a veces por el viento, como se ha indicado. No era esa la mejor iluminación para una clase, ya que la luz llegaba a los alumnos de frente en lugar de provenir del lado izquierdo, que es el más adecuado para el trabajo escolar. Aún así, eran unas clases muy iluminadas.
Los alumnos se acomodaban en dos hileras de mesas bipersonales, con el tablero inclinado, que ya tenían sus años de servicio. En el lado derecho, a un par de pasos de la puerta de entrada, se encontraba el armario-biblioteca. A continuación, se ubicaba el encerado, que debido a su posición lateral, presentaba alguna dificultad de visión para los alumnos. En la pared del lado de la iglesia teníamos las perchas para colgar los abrigos, al fondo; algunos mapas murales, en el centro, y a continuación, cerca de la ventana, otra pizarra. La disposición de estos dos encerados permitía una mejor distribución del trabajo escolar por grupos, al tiempo que se lograba paliar en parte la incomodidad de su instalación lateral.
El suelo de la clase, construido con las típicas tablas de madera de pino, materia prima abundante en el término municipal de Lobera, resultaba especialmente confortable para la época invernal. Entre ambas ventanas se encontraba la mesa del maestro, con los típicos cajones enormes que, como ocurre en las casas, al final se llenaban de cosas inservibles. Me olvidaba de anotar un mueble muy importante para luchar contra el frío, pero también para otras aplicaciones, como explicaré en su momento. Estoy hablando de la estufa, que como mandan los cánones, estaba situada en las proximidades de la mesa del maestro. Faltaría más. En realidad, la problemática de aquellos artilugios no se centraba en dilucidar a quien calendaban más o menos, sino en conseguir que expulsaran el humo con normalidad. Para lograrlo, había que recurrir a procedimientos que rayaban en la pura ingeniería técnica y meteorológica, ya que la dirección del viento era clave para el buen funcionamiento. La clase de chicos, sin grandes comodidades ni decoraciones, era un lugar limpio y agradable, con las paredes blancas y relucientes. Como saben ustedes, este local acoge ahora la sede de la Asociación Cultural Sesayo, al tiempo que se utiliza esporádicamente para los plenos del Ayuntamiento por ser más espacioso.
¿Sabían ustedes que en aquel tiempo eran los propios alumnos los responsables de limpiar la clase y de traer la leña para la estufa? Y lo curioso del caso, según parece, es que ello no les provocó la caída de ninguno de sus anillos, como suele decirse, ni quedaron traumatizados para toda su vida, como sentenciaría algún psicólogo de nuestros días. Una vez a la semana, por lo general los sábados, y con más frecuencia si las circunstancias lo requerían, el equipo de alumnos a quien correspondía el turno ponía manos a la obra, dejando la clase como los chorros del oro. Unos apartando mesas y otros tirando de escoba, la cosa iba como una seda. En cuando a la leña, al llegar cada mañana a clase, los alumnos portaban en una mano la cartera con el material escolar y, bajo el otro brazo, unos cuantos “tizonicos”, cortados a medida de la estufa, para disponer en todo momento de reserva de leña, que guardábamos al fondo de la clase. Y es que alumnos como aquellos ya no quedan, sin que ello represente, por supuesto, ningún desmerecimiento para los actuales. Los tendrían que haber visto ustedes. Ser maestro con aquellos chicos era como conducir un Ferrari. La clase andaba sola. No quiero esperar más tiempo sin presentárselos. Aquí los tienen:
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1.- Juanito Artigas 9.- Jesús Gastón
2.- Pascual Plano 10.- José María Artieda
3.- Timoteo Artigas 11.- Ricardo Cardesa
4.- José Antonio Artieda 12.- José Manuel Artieda
5.- Vicente Gastón 13.- José Luís Plano
6.- Marino Begué 14.- Francisco Javier Cardesa
7.- Antonio Artieda 15.- Fermín Mayayo
8.- Alfredo Artigas 16.- Emilio Begué (no aparece en la foto)
Para que ustedes conozcan mejor cómo eran aquellos intrépidos alumnos de Lobera de Onsella de los años sesenta, voy a plasmar aquí algunas pinceladas de su personalidad. Me extenderé más en los siete mayores por haber terminado la escolaridad durante mi estancia en aquel lugar. Al resto de los alumnos, por los que siento el mismo aprecio, por supuesto, me referiré de forma más breve con el fin de no alargar excesivamente este escrito.
Juanito Artigas:
Era el más extrovertido. Su presencia no pasaba desapercibida. ¿Han observado ustedes que es el único de la foto que levanta la mano? Con ese gesto es como si quisiera decirnos: “¡Oiga, que estoy aquí! ¡Soy Juanito Artigas! ¡A ver si va a resultar ahora que no me reconocen en medio de tantos compañeros!” Aunque se esforzaba lo que podía, no se encontraba a gusto en clase. El ir a la escuela no era precisamente lo que más le gustaba. Sin embargo, era muy apreciado por sus compañeros por su iniciativa a la hora de planificar actividades o juegos, en los que descargaba todas sus energías. Fue uno de los primeros en abandonar la escuela para entrar en el mundo laboral. Según dijeron, se empleó en la hostelería. Espero que haya tenido suerte y que su carácter abierto le haya ayudado a afrontar la vida con decisión y optimismo.
Pascual Plano:
El mayor entonces de tres hermanos, pronto tuvo que hacerse cargo de pequeñas responsabilidades de la casa. Por lo general, cuando llegaba a clase por las mañanas, ya había llevado a cabo diversas tareas encomendadas por su familia: que si llevar un aviso de conferencia telefónica a tal casa; que si acompañar a sus hermanos al parvulario; que si traer agua de la fuente, o tal vez acudir a la iglesia para ejercer de monaguillo, cosa habitual en aquellos tiempos. Su cooperación en las tareas de la casa se hacía cada vez más imprescindible. Quizá por ello mostraba ya signos de madurez propios de una persona de más edad. En clase ponía el máximo interés en todo y su nivel era excelente. Su habitual buen carácter podía tomar un giro brusco, al menos en su fuero interno, si su lugar privilegiado en la fila de cálculo mental o en la de preguntas generales se veía amenazado. Podía soportar todos los sufrimientos, menos que alguien se atreviera a avanzarle un puesto. Pero ese interés y ese esfuerzo tuvieron al fin su recompensa de cara al futuro, consiguiendo una beca, la de mayor cuantía en aquella época, para continuar los estudios lejos de Lobera, cosa que hizo con brillantez. En la actualidad, su cargo de responsabilidad en la GM no le ha apartado de sus raíces, que cultiva y propaga como presidente de la Asociación Cultural Sesayo y como autor de la magnífica página web de Lobera de Onsella, que tanto están contribuyendo ambas cosas a la promoción y divulgación de todo lo que lleve el sello de su pueblo natal.
Timoteo Artigas:
Como indiqué en mi entrega anterior, Timoteo era el último de los hijos de la familia Molinero. Ser el menor de siete hermanos podría llevarnos a pensar que se trataba del niño mimado de la casa o que se comportaba como tal. Pero nada más lejos de la realidad. Tanto su madre como sus hermanos eran exigentes a la hora de pedirle responsabilidades, lo que no impedía que recibiera, aunque fuera de forma clandestina, mucho más cariño de todos que el resto de los hermanos, por ser el pequeño, claro, como suele ocurrir en todas las familias. Esto lo sé porque viví un año en su casa y, además, por experiencia propia, al haber sido también el pequeño de una amplia familia. Fue uno de mis mejores alumnos, como ya señalé. Asimismo, me ratifico en lo referente a su forma de ser: “poco ruido y muchas nueces”. De carácter tranquilo y alegre, caía bien a todos los compañeros, tanto en clase como en los juegos, siempre que no hubiera por el medio una fila de cálculo mental o una portería de fútbol. Llevaba un nivel excelente y cooperaba en cuantas actividades se planificaban en clase. Esa buena disposición para el estudio se vio recompensada al formar parte del grupo de alumnos de Lobera que superaron las pruebas para ingresar en la “Institución Virgen del Pilar” de Zaragoza. En aquellos momentos ese lugar, junto con San Valero, eran los dos centros más prestigiosos de la ciudad en la preparación de personas especializadas para entrar en el mundo laboral. Espero que haya triunfado en la vida y que aquellas dotes que tenía para el estudio le hayan abierto camino en la profesión elegida. No puedo terminar este apartado de Timoteo sin referirme a la agradable sorpresa que recibí, el pasado día 26 de diciembre, al leer en el “Libro de visitas” de la página web de Pascual, unas líneas de agradecimiento a cargo de un tal Oscar Artigas, que se presentaba con estas palabras: “Soy el hijo menor de Timoteo, de casa Molinero”. Francamente, me emocioné.
José Antonio Artieda:
Hermano de José Manuel, iban siempre juntos a todas partes, aunque no siempre coincidieran en sus opiniones. No disfrutaba del todo con la escuela, pero trabajaba mucho e iba a por todas. Recuerdo que a veces había que levantarle la moral porque si no le salían las cosas como deseaba, se desanimaba un poco. Agradecía en el alma, como suele ocurrir en general con todos los alumnos, que el maestro estuviera pendiente de su trabajo, le escuchara y le ayudara a resolver sus dudas. En los juegos no admitía las trampas ni el cambio de las reglas de juego a gusto de los demás, lo que le ocasionaba algún que otro enfado con sus compañeros, e incluso, el abandono momentáneo del campo de operaciones. Pero todo había pasado en pocos minutos y la alegría hacía de nuevo acto de presencia en su rostro para integrarse con más ímpetu, si cabe, al juego. Era muy amigo de sus compañeros y agradecía mucho que lo tuvieran en cuenta a la hora de planificar cualquier tipo de actividad, tanto académica como lúdica. Hará una docena de años, José Antonio vino a hacerme una visita a mi colegio de Casetas. Me encontraba en el patio, cuando se me acercaron unos alumnos de mi clase diciéndome que un señor preguntaba por mí. “Dice que usted fue su maestro”, comentaron con voz apresurada. Al levantar la vista, cuál fue mi sorpresa al reconocer a José Antonio que se acercaba sonriente hacia donde yo me encontraba. De forma precipitada, pues había tocado ya la sirena, hablamos de varias cosas y, entre ellas, me contó que tenía un taller de reparación de automóviles en un pueblo próximo. En otra ocasión coincidimos en Alcampo, donde ya pudimos conversar con más tranquilidad. Después de la veintena de años transcurridos, me hizo mucha ilusión encontrarme con uno de mis alumnos de Lobera de Onsella. Recuerdo que el día que vino a visitarme conducía un “Ford Granada”. El hecho de que haya retenido en mi mente la marca y el modelo de ese coche, se debe a que, en su momento, constituyó mi gran ilusión de compra, cosa que no logré.
Vicente Gastón:
Él y su hermano Jesús vivían al final de la calle de San Juan. Solían ir siempre juntos los dos a todas partes, aunque ya se sabe que el salir por ahí con un hermano pequeño al lado puede convertirse en una fuente de problemas si éste no sabe tener la boca cerrada al volver a casa. De carácter pacífico y amable, a veces daba la impresión de que la tristeza se asomaba a su rostro, pero no era más que eso, una apariencia. Se trataba de su forma natural de ser. Si alguna vez percibí esa sensación, no tuve más que asomarme a la ventana de la escuela y comprobar la alegría que derrochaba mientras participaba intensamente en los juegos con sus compañeros. En clase hablaba con voz suave y mantenía un comportamiento correcto y participativo. Sin embargo, la cosa cambiaba a la hora de defender los colores de su equipo. Cuando llegaban esos momentos, dejaba a un lado esa especie de timidez y se iba directo a la portería contraria. Apreciado por todos, sus opiniones eran tenidas muy en cuenta a la hora de planificar las actividades, tanto deportivas como de otro tipo. Como todo el grupo, era muy trabajador y mantenía un buen nivel en los estudios. Según informaciones que me han llegado, estudió unos años en Jaca, después pasó a Burgos, sin que tenga más noticias sobre su discurrir por la vida. Espero que su buen carácter y su constancia en el estudio le hayan servido para abrirse camino en la actividad profesional elegida.
Marino Begué:
Vivía en las proximidades de la iglesia y de la escuela. Era el mayor de los hermanos y ello le daba un aire de responsabilidad frente a las cosas de la vida. Como le ocurría a Pascual, cada mañana tenía que atender varios encargos familiares antes de acudir a la escuela. Tenía mucha personalidad, que mostraba tomando decisiones propias e intentando imponer su criterio en los juegos. Su actitud en clase era participativa y no se conformaba cuando un concepto no había quedado lo suficientemente claro. Su nivel era excelente, destacando especialmente, según recuerdo, en todo lo referente a los números. Las competiciones de operaciones aritméticas eran todo un espectáculo. Como les ocurría a muchos de sus compañeros, cualquier cosa, antes que dejarse pasar en la fila de cálculo. Sus luchas con Pascual, Timoteo y demás compañeros para alcanzar o mantener el número uno, eran a capa y espada. Si en alguna ocasión era superado, cosa que no ocurría con la frecuencia que hubieran deseado sus compañeros, de sus ojos salían destellos de rabia, que pedían venganza a gritos. Formó parte también del grupo de alumnos de Lobera que fueron admitidos en la “Institución Virgen del Pilar” de Zaragoza, colegio de formación profesional de prestigio. Ya no supe nunca más nada de él, y muy poco de los compañeros, aunque en mis catorce años pasados en Cataluña me preguntaba con frecuencia qué sería de aquellos alumnos que habían salido de Lobera en busca de un futuro prometedor. En alguna ocasión me llegaron noticias de que trabajaba en Telefónica, pero sin concretar más. Espero que la vida le haya sonreído y que con su capacidad natural haya sacado adelante todo lo que se haya propuesto.
Antonio Artieda:
Al igual que Marino, vivía muy próximo a la escuela, pero en el lado de poniente. Destacaba por sus buenos modales y excelente comportamiento, tanto en clase como en el trato con los demás chicos. Aunque algo tímido, era muy apreciado por sus compañeros por su buen carácter y compañerismo. En clase ponía todo el interés y llevaba un buen nivel. Sin embargo, su amor propio hacía que si algún trabajo no salía como él deseaba, se desmoralizara algo, pero con un poco de ayuda y unas palabras de ánimo volvía enseguida a ser el Antonio de siempre. Era también el chico de los recados de su casa. Bajaba la cuesta, volvía, siempre con su porte educado y correcto. Si nos cruzábamos por la calle, saludaba con amabilidad. Si se encontraba en la plaza del frontón enfrascado en algún partido de fútbol y se le reclamaba desde su cara para algún recado, dejaba de inmediato el juego y acudía con diligencia a la llamada. Formó parte también de la expedición que ingresó en la “Institución Virgen del Pilar” de Zaragoza. No he tenido conocimiento de sus actividades profesionales, pero estoy seguro que con su buen carácter y su amor propio por las cosas bien hechas, habrá triunfado en el ejercicio de su profesión.
Alfredo Artigas:
Me ha causado una pena enorme la noticia de su fallecimiento. Fue un alumno muy educado, amable y buena persona, aunque algo tímido a la hora de enfrentarse a las situaciones. Por su buen carácter, era muy apreciado por sus compañeros, formando grupo con José María, Jesús, José Manuel, Emilio, Ricardo, José Luís, Fermín y Francisco Javier. Precisamente hace unos días estuve contemplando dos de sus fotos en la página web de Pascual. En una de ellas aparece vestido con el traje de la primera comunión. Desde aquí, me uno al dolor de su familia.
Jesús Gastón:
Hermano de Vicente, tenía sin embargo un carácter distinto. Pero esa vitalidad desbordante que mostraba en sus manifestaciones espontáneas, no le impedía comportarse en clase con toda corrección. Él y José María Artieda eran amigos inseparables. Tanto en los juegos, como en las actividades escolares, siempre estaban unidos. Del mismo modo que su amigo, Jesús llevaba un buen nivel en los estudios. Era un futbolista incansable, y había que ver la expresión de su cara cuando encaraba la portería contraria con el balón en los pies. El día de su primera comunión tuve el honor de ser invitado a comer a su casa. Allí coincidí con sus tíos, alegres y dicharacheros, que nos alegraron la reunión. Recuerdo, sin embargo, que tal vez a causa de mi inexperiencia, la alegría se me subió un poco a la cabeza. Por lo demás, fue una fiesta muy agradable.
José María Artieda:
Con José María éramos vecinos, aunque entrábamos a nuestras casas por calles distintas. Amigo inseparable de Jesús, como se ha dicho, participaban ambos siempre juntos en todo tipo de actividades. Recuerdo que un día, a causa de una urgencia, lo bajé, junto con su madre, directamente a Zaragoza con nuestro coche. He dicho “directamente”, pero no fue así, ya que al atravesar Tauste se pinchó una de las ruedas y tuvimos que cambiarla allí mismo, con la consiguiente pérdida de tiempo. Hace unos quince años, más o menos, recibí en mi casa una llamada sorprendente. Alguien en el otro extremo del teléfono me aseguró que se llamaba José María Artieda. Yo no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Después de tantos años sin saber nada de ellos, me causó mucha emoción oír la voz de uno de aquellos alumnos de mi escuela de Lobera. Me dijo que la vida le había tratado bien y que tenía una ferretería en el barrio de San José. Otras fuentes posteriores han completado esa información señalando que se trata de una de las más importantes ferreterías de Zaragoza. Para un maestro, ver triunfar a sus alumnos es una gran satisfacción.
Ricardo Cardesa:
Me ha causado un dolor muy grande conocer el trágico final de Ricardo. Era un chico algo inquieto, pero atento y trabajador en clase. Además, destacaba por su iniciativa a la hora de planificar juegos u otras actividades y poseía unas dotes de convicción que solía ejercer sobre sus compañeros de grupo, como José Manuel, José Luís, Francisco Javier o Fermín. Desde estas líneas, me uno al dolor de su familia.
José Manuel Artieda:
Hermano de José Antonio, iban juntos a todas partes, aunque sus opiniones, como he dicho más arriba, no coincidieran siempre. Agradecía mucho que se estuviera pendiente de sus trabajos escolares. Cuando tenía dificultades en sus tareas, con una explicación convincente quedaba contento y satisfecho. En cuanto al trato con los demás alumnos, a veces veía injusticias donde no las había, lo que le llevaba a protestar o a enfadarse con sus compañeros de juego, pero le duraba muy poco. Disfrutaba participando en toda clase de actividades. Era un buen chico.
José Luís Plano:
Era entonces el segundo de los hermanos y necesitaba del cariño de todos. Su situación no era fácil. Por encima, tenía a Pascual, que al ser el mayor, recibía un trato preferente por su participación en las tareas de la casa. Por debajo, se encontraba su hermana Nieves que, según decía la maestra de párvulos, era la delicia de la clase por su simpatía. Aunque algo inquieto, en clase se comportaba muy bien y agradecía mucho todas las atenciones e indicaciones que se le hacían con respecto a su trabajo. Le gustaba participar en todo tipo de actividades. Era un chico estupendo. Según información recibida, he sabido que, tras muchos años de trabajo, ha logrado ser propietario de la empresa “Neumáticos Malpica”, dedicada al cambio de neumáticos de todo tipo de vehículos, ubicada en el Polígono Industrial de Malpica, Zaragoza. Noticia que me ha producido, como su maestro que fui, una gran alegría.
Francisco Javier Cardesa:
De carácter bastante tímido, su comportamiento en clase era correcto. Aunque la mayoría de los alumnos que venían de párvulos sabían leer y multiplicar por una cifra, por lo menos, los comienzos en la clase de los mayores resultaban un poco difíciles. Esa timidez que Francisco Javier mostraba en clase, desaparecía en cuanto pisaba el terreno de juego, participando con sus compañeros en todas las actividades lúdicas. Era el benjamín de la clase.
Fermín Mayayo:
Como les ocurría a sus compañeros de grupo, la llegada a la “escuela de mayores”, como se decía, siempre representaba un paso difícil para los alumnos. Pero Fermín, aunque dominado por la timidez, era un chico muy trabajador y de comportamiento correcto. Formaba equipo con los que aparecen en la primera fila de la foto.
Emilio Begué:
Aunque no aparece en la foto por algún motivo que no recuerdo, Emilio también era alumno de nuestra clase. Hermano de Marino, su actitud frente al estudio se guiaba por los genes de familia. Llevaba muy buen nivel y era un chico muy educado y correcto.
Así finaliza la exposición de los rasgos personales más destacados de los alumnos que tuve en Lobera de Onsella. El excesivo espacio empleado me obliga a cortar por lo sano para no convertir esto en una enciclopedia. Pero no crean ustedes que con ello se agotan las cosas que podría contarles sobre aquellos chicos. Ni mucho menos. Quedan detalles como las clases de catecismo, o catequesis, impartidas por mosén Fermín los sábados por la mañana; o la asistencia a la misa de los domingos, situándose el maestro con sus alumnos en los primeros bancos del lado derecho de la iglesia, y las maestras, con las niñas, en el lado izquierdo. Asimismo, me gustaría hablarles con más detalle de las actividades académicas y deportivas. Académicas, como “cesta y puntos”; las competiciones de cálculo mental; los enfrentamientos por equipos con preguntas generales sobre todo lo estudiado; el reparto de los libros de la pequeña biblioteca escolar por todas las casas del pueblo; la campaña de “haga usted una buena obra, pero con testigos”; el empleo del mapa mudo de las provincias españolas, en forma de puzzle, hecho con panel de marquetería; la utilización del mapa eléctrico de fabricación casera, con una montaña de cables por detrás y con una bombilla que nos indicaba si la respuesta era correcta o no; la competencia en los dictados y redacciones, etc.
Si nos trasladamos al terreno deportivo, nada me gustaría más que narrarles a ustedes aquella estrepitosa derrota que los alumnos de Lobera infringieron a los de Isuerre en un memorable partido de fútbol, cuyo resultado, según las crónicas de los especialistas en deportes, no fue igualado hasta el histórico España-Malta; o aquel otro partido, “chicos-chicas”, jugado en las eras de poniente, con la participación activa de las maestras con el equipo de chicas, y el maestro con el de chicos, en el que el fragor de la batalla deportiva alcanzó tal grado de competitividad, que ninguna de las dos partes quería dar su brazo a torcer, y menos abandonar el terreno de juego, hasta que quedara claro quién era el vencedor, sin percatarse de que la noche había caído ya sobre Lobera. Aunque muy deportivamente, por supuesto, aquel día se repartió allí “leña” como para plantar unas cuantas carboneras de las que aparecen en el programa de D. Eugenio Monesma. Las huellas tangibles de tal evento salieron a la luz al día siguiente en forma de moratones múltiples, repartidos por diversas regiones de las extremidades inferiores. ¿Quién dijo que vivir en un pueblo era aburrido? ¡Vamos, hombre!
(II) 29-11-07: Casa Molinero:
Otra vez estoy aquí con mis recuerdos de antaño. Tenía la esperanza de que en este intervalo de tiempo que ha transcurrido desde mi primer escrito, se sumarían a esta sección “Lobera visto por…”, otras personas que en un tiempo más o menos lejano vivieron o visitaron aquel bonito lugar. Pero no ha sido así. Quizá no se hayan percatado de la apertura de esta nueva ventana. Acaso piensen que sus recuerdos no van a tener el más mínimo interés para los demás por aquello de que aquel era un mundo y éste de hoy es otro muy distinto. Tal vez teman que el lector pueda interpretar, como simples nimiedades sin sentido, recuerdos que para ellos representan un verdadero tesoro. Esas dudas nos asaltan a todos. Tenemos miedo a hacer el ridículo. Pero si nos dejamos dominar por esa forma de pensar, nuestras vivencias se ahogarán sin remisión en lo más profundo de nuestro ser, desapareciendo de nuestra mente por cese de negocio. Por mi parte, no pienso desperdiciar la ocasión que desde su excelente página web me brinda Pascual Plano, a quien tuve el honor de contar entre mis alumnos de Lobera. Es más, invito desde aquí a quienes coincidimos en aquel lugar, y a tantos otros anteriores y posteriores a nuestra estancia, a que compartan con nosotros las impresiones que guardan de Lobera de Onsella. Como he dicho, pensarán que lo suyo es insignificante, que no vale la pena, pero hay que recordar que nuestro currículo vital, nuestra historia personal, está compuesta por una serie encadenada de pequeñas vivencias, a veces imperceptibles, que concurren en nuestra personalidad.
Después de esta perorata, más propia de un predicador que de un maestro de escuela, voy a dedicar este capítulo a la familia Molinero, que con su buena acogida y agradable convivencia, consiguió atenuar en mí la añoranza que en un principio sentía hacia mi familia numerosa, aquella en la que me crié y en la que transcurrieron los primeros veinticinco años de mi vida.
A diferencia de lo que ocurre hoy día, en que los maestros o profesores van y vienen cada día a su lugar de trabajo, aunque éste se encuentre en el otro extremo de la provincia, en aquella época existían unas normas que obligaban a los maestros a vivir en la localidad donde se encontraba su escuela, o en su entorno, de modo que la distancia desde su domicilio al lugar de trabajo no podía sobrepasar un determinado número de kilómetros. Esto tenía su lógica, ya que hubiera sido difícil vivir lejos del destino en unos tiempos en el que los medios de transporte eran escasos. Por tanto, estas circunstancias obligaban a los maestros, y demás funcionarios, a alojarse en una pensión o casa particular, como me ocurrió a mí en Lobera de Onsella.
En esta ocasión estaba ya todo pactado de antemano. Del mismo modo que había ocurrido con los compañeros que nos precedieron, el maestro se hospedaría en casa Molinero, mientras que las dos maestras lo harían en casa del Herrero, que se encontraba en la calle de San Juan. Desde el principio me extrañó aquella separación de sexos, pero no tuve más remedio que acatarla. Si con ello se pretendía evitar cualquier maledicencia que pudiera dañar la imagen de los maestros ante el pueblo, bienvenida sea esa solución discriminatoria. Los alumnos también sufrían eso que ahora llamaríamos trauma, al estar separados en clase de chicos y clase de chicas, y no se quejaban. Por el contrario, ese hecho hacía que las mañanas de los sábados resultaran muy emocionantes para ellos, cuando los chicos acudían a la clase de las chicas para recibir la instrucción religiosa impartida por mosén Fermín. Más de uno se miraba al espejo antes de pasar.
Casa Molinero
El caso es que, llegado el momento de dar comienzo al curso escolar, allá que me encaminé de nuevo con mis bártulos, pero en esta ocasión más confiado y tranquilo porque conocía cómo era mi lugar de destino. Me presenté en casa Molinero y, desde el primer instante, todo fue de mi agrado. Era una casa de labradores como aquella en la que me había criado allá en mi pueblo. Como supongo que se habrán realizado en ella algunas reformas, tanto en el exterior como en el interior, voy a describirla tal como era en los años sesenta. En la fachada de piedra, entonces encalada, había muestras evidentes de su antigüedad. Una amplia puerta daba acceso a la entrada, que tenía el suelo enlosado. A ambos lados se encontraban las cuadras, y al frente, la escalera que llevaba al primer piso. La cocina era espaciosa y acogedora, ya que en realidad formaba una sola pieza con el comedor. Con el fuego siempre encendido y los bancos a su alrededor, era el sitio ideal para la tertulia y la reunión familiar. Para llegar a mi dormitorio, que se encontraba en el mejor lugar de la casa, había que atravesar una salita-recibidor muy bien amueblada. La habitación estaba orientada hacia el sur y, por tanto, bien iluminada y con buena visibilidad hacia los campos y las montañas de enfrente. En la foto, es el balcón que aparece en la parte más alejada de la fachada. Desde allí podía controlar el tránsito por la calle Bradinal y hasta la llegada y salida del coche de línea. Como puede observarse, es una casa con una fachada impresionante, con la piedra muy trabajada, especialmente en las esquinas, y embellecida con macetas de flores y plantas, tanto en los balcones y ventanas, como a pie de calle.
Pero con ser todo ello muy agradable, lo mejor de casa Molinero eran las personas. La dueña de la casa, la Sra. Elena, hacía poco tiempo que había enviudado, cosa que sobrellevaba con mucha resignación y entereza, rodeada en todo momento por un ramillete de hijos estupendos, que se desvivían por apoyarla en todo. Tenía un carácter muy estable. Hablaba con suavidad, sin alzar la voz, pero no por ello carente de la autoridad necesaria. Hay que pensar que sus hijos varones, excepto Manuel, eran todavía demasiado jóvenes para ponerse al frente de las tareas del campo. La situación no era fácil, pero ella, con la ayuda incondicional de sus hijos, supo sacar la casa adelante con desahogo.
En cuanto a los hijos, no tengo claro cuál es el orden exacto de nacimientos, pero voy a comenzar por Mercedes. No recuerdo ahora cuál era el motivo, pero solía estar poco por casa. Acostumbraba a dar una vuelta cada día para ver a su madre y a sus hermanos, y nada más. Cuando llegaba, llamaba desde abajo, subía eufórica por las escaleras y hablaba de todo con todos a la vez, sembrando el optimismo en la familia. Recuerdo muy bien el día de su boda, celebrada en el castillo de Javier, a la que asistimos mi añorada esposa María Ángeles y yo, como consta en una de las fotos del álbum de Lobera.
Marisa, la maestra, apenas tuve ocasión de conocerla en una visita que hizo a Lobera con motivo de alguna celebración. Creo recordar que estaba ejerciendo en Echarri Aranaz, Navarra. Me pareció una chica simpática, agradable y llena de energía, como correspondía a su edad. No dispongo de ninguna foto de ella.
Me atrevería a decir que Manuel fue quien más notó la ausencia de su padre. Desde el primer momento comprendió que tenía la obligación de ocupar el gran vacío que había dejado en la casa. Presentaba una madurez y una sensatez muy por encima de la edad que tenía. Sabía que había caído sobre él la gran responsabilidad de atender los trabajos agrícolas de la casa, y a ello se dedicaba con la mayor seriedad. Cada noche, mientras cenábamos, o después, comentaba con su madre, y los demás miembros de la familia, la marcha de los trabajos del campo y las tareas que precisaban de más urgente atención. Había tomado el relevo de su padre y para su madre aquello significaba un gran alivio. Aparejaba las caballerías, marchaba a trabajar, labraba la tierra y volvía por la noche con los animales cargados. Aunque era muy joven todavía, actuaba con la experiencia de una persona mayor. Incluso en el trato familiar, sus indicaciones y consejos eran tenidos en consideración como si del cabeza de familia se tratara. Cuando hablaba de las cosas de la casa lo hacía con seriedad y sopesando cada decisión.
Pero la alegría de la casa, la que daba a la convivencia un ambiente jovial y dicharachero, era Alejandra. Su constante ir y venir con las faenas diarias. Las bromas y jugarretas que intercambiaba con sus hermanos. Todo daba vida a la casa. Su actividad y disposición para ayudar a todo el que la necesitara, hacía que su nombre sonara constantemente. ¡Alejandra, aquí! ¡Alejandra, allá! Era el polo totalmente opuesto a la pereza. Siempre que cierro los ojos y recuerdo aquellos tiempos, veo a Alejandra bailando en la cocina-comedor. Sí, bailando, pero con la bayeta debajo de los pies. Podía uno verse la cara en aquel suelo de lo mucho que brillaba. No sé qué habrá sido de ella. De todas formas, le deseo toda la suerte del mundo.
El estudioso de la casa, sin embargo, no podía ser otro que Julián. Según decía, quería ser maestro como su hermana Marisa. El año que estuve en su casa lo traté muy poco. Creo recordar que se encontraba en Navarra con su hermana, aunque no estoy muy seguro de ello. Después, una vez que María Ángeles y yo nos casamos, recuerdo haber mantenido una buena amistad con él, ya que venía a menudo por nuestra casa para charlar un rato. Tenía muy buen carácter e iba siempre muy bien arreglado. Tampoco tengo claro qué ha sido de su vida. En alguna ocasión me llegaron rumores de que estaba trabajando de maestro en un colegio de Las Fuentes, pero no puedo concretarlo. Por lo claro que lo tenía y el interés que mostraba en la persecución de sus objetivos, seguro que consiguió lo que se proponía.
Antonio era otro de los hijos que venía pocas veces por la casa. Creo que se encontraba trabajando con otra familia. De cuando en cuando se daba una vuelta para ver a su madre y a sus hermanos y comentar todo lo habido y por haber. Al igual que lo ocurrido con Manuel, había tenido que adelantarse a su edad para responsabilizarse de trabajos importantes. Lo recuerdo con su cara sonrosada, siempre sonriente y hablando sin parar. Cuando llegaba a casa, su madre le prestaba especial atención. Siento no disponer de ninguna foto de Antonio.
Llegados a este punto, nos encontramos con Timoteo, último de los hijos de la familia. Para empezar, debo decir que fue uno de mis mejores alumnos. Su forma de ser es la que prefieren todos los maestros en sus alumnos: poco ruido y muchas nueces. Su presencia pasaba desapercibida, excepto cuando le preguntaba la lección, que tenía que pararle los pies porque se lo sabía todo. Recordando aquellos tiempos, a veces he pensado que tal vez podría haberle ayudado más en los deberes y demás trabajos escolares, siendo que estaba en su casa. Parece como si me sintiera algo culpable, pasados los años. Pero en realidad, creo que tampoco lo necesitaba demasiado, ya que iba sobrado en todo. Era un insaciable lector de los libros de nuestra pequeña biblioteca escolar, cuya existencia explicaré en su momento. Tampoco sé, a ciencia cierta, qué camino tomó en la vida. Por su personalidad y actitud frente al estudio, merecía aspirar a importantes metas.
Además de los miembros de la familia, que como he dicho eran lo mejor de casa Molinero, hay otros asuntos a los que quiero referirme:
El fútbol y la colada:
Demasiada paciencia tuvieron las mujeres de casa Molinero conmigo. Cuando uno es joven, la vitalidad escapa por los poros, y cualquier ocasión es buena para quemar esa energía. Llegaba la hora del recreo y me sentía incapaz de permanecer allí impasible mirando cómo mis alumnos jugaban al fútbol en el frontón de la plaza. Hacía todo lo posible para que me eligieran en uno u otro de los equipos. Pero los capitanes tenían la última palabra. Era la hora del recreo y el maestro no podía entrometerse en las reglas de juego de sus alumnos. Si me seleccionaban, jugaría al fútbol; si no, tendría que aguantarme. Una vez elegido, tenía que emplearme a fondo si quería que al día siguiente volvieran a contar conmigo al hacer el reparto de jugadores.
Esto de jugar juntos maestro y alumnos era muy beneficioso para los escolares. Al entrar a formar parte de sus juegos, los alumnos disponían de una ocasión estupenda para saldar alguna que otra cuenta pendiente con el maestro. Antes de permanecer traumatizados para el resto de sus vidas por culpa de alguna injusticia recibida de la superioridad, era preferible que los alumnos recurrieran a algún tipo de desagravio para resarcirse. Aprovechando estos partidos de fútbol, la forma de pago más efectiva podía ser el cheque al portador, también conocido como “plantillazo en la espinilla”, firmado y rubricado con la suela del zapato. Una vez saldada la cuenta por medio de este método tan expeditivo, con pronunciar la tan socorrida frase de “ha sido sin querer”, todo quedaría olvidado para siempre por ambas partes. Puedo asegurarles a ustedes que tanto mis tobillos como mis espinillas fueron firmados, rubricados y hasta certificados con insistencia por parte de mis alumnos. Pero también estoy plenamente convencido de que ello no se debió a ningún ajuste de cuentas pendientes, sino al entusiasmo y bravura con que aquellos, mis alumnos de Lobera, defendían los colores de su equipo.
El hecho es que, después de media hora luchando a brazo partido con aquellos incansables correcaminos, mis ropas estaban empapadas como si me hubiera puesto debajo de una catarata. Subir a clase en aquellas condiciones era exponerme a coger una pulmonía que terminara conmigo. Sólo había una solución. Unos minutos antes de finalizar el recreo, bajaba corriendo a casa Molinero, me cambiaba de ropa y acudía raudo otra vez a clase. En un principio, me pasó desapercibido lo que ello significaba, pero al poco tiempo, tal vez por insinuación de las mujeres de la casa, me percaté de que aquello representaba una gran carga de trabajo para las lavanderas. Hay que recordar que las lavadoras automáticas todavía no habían hecho acto de presencia en las casas por falta de agua corriente. A partir de entonces, procuré rebajar mis exhibiciones deportivas y comportarme con más sensatez. Bastante paciencia habían tenido conmigo.
Las migas del Sr. Crescencio:
El Sr. Crescencio tenía su casa en la calle de San Juan, frente a la de Pascual Plano. Cada poco tiempo, venía una vuelta por casa Molinero para charlar un rato con la familia. Siempre tenía temas de conversación muy interesantes. Pero su mejor tarjeta de visita eran las migas. De vez en cuando, menos de lo que hubiéramos deseado todos, aparecía por casa dispuesto a cocinar su famosa receta. Eso solía ocurrir, por lo general, algunos domingos a primera hora, antes de prepararnos para ir a misa. El proceso que seguía era todo un ritual. Se aposentaba en un lugar de la cocina donde no estorbara a nadie. Extendía una servilleta sobre sus piernas para que no cayeran migas al suelo, ponía sobre ella un recipiente, cogía la pieza de pan en sus manos, sacaba su afilada navaja y comenzaba a rebanar, como si fuera jamón, pero de una finura milimétrica. Mientras realizaba esa operación, que según él era la fundamental, la más importante, iba comentando cuál era el procedimiento a seguir si queríamos disfrutar de unas sabrosas migas. Según él, había que seguir unas normas, ya que de lo contrario el resultado sería cualquier cosa menos migas. A continuación debía procederse a remojar el pan en su punto exacto, ni más ni menos. A partir de ese momento, entraba en juego la sartén, donde se combinaban con el pan los complementos imprescindibles, que formaban parte de la receta secreta del Sr. Crescencio. Se iniciaba entonces un proceso lento de cocción en el que había que darles vueltas y más vueltas hasta que alcanzaran un color tostado, momento en el que desprendían un olor tal, que pedían a gritos que nos lanzáramos sobre ellas. Mientras todo eso sucedía, que a nosotros nos parecía una eternidad, no quitábamos los ojos de la sartén, no fuera a ocurrir que las migas desaparecieran por arte de magia. La fase siguiente era la más silenciosa. Digo silenciosa porque estábamos tan ocupados en comernos aquel delicioso manjar que allí nadie decía esta boca es mía. Una vez reconfortados con las sabrosas migas, nos hallábamos en perfectas condiciones para asistir a los rezos dirigidos por mosén Fermín. El Sr. Crescencio era muy apreciado en casa Molinero. Sus consejos eran tenidos muy en cuenta, especialmente por Manuel, en todo lo referente al trabajo del campo.
La “z” de Félix:
Recuerdo que por entonces se hospedó en casa Molinero el conductor del conocido como “camión de los pinos”. Era un chico portugués, cuyo nombre no recuerdo, campechano y buena persona, que le gustaba mucho intervenir en la conversación, aunque su castellano no fuera todavía muy fluido. En cierta ocasión, quizás por encontrarse allí el maestro, sacó a colación que si esto se escribía de esta forma, que si aquello se escribía de la otra, todo ello con buen humor y con ganas de aprender. En un momento dado, dijo:
—Félix se escribe con “z” al final.
Al oír aquello, nos miramos todos sorprendidos. Timoteo puso cara de incredulidad. Pero Alejandra, anticipándose a todos, le contestó que eso no era así, que Félix se escribía con “x” al final.
—Me apuesto lo que queráis que Félix se escribe con “z”, —respondió el portugués con cara sonriente, pero desafiante.
Como todos los presentes me miraban de reojo para ver si, de una vez por todas, ponía orden en aquel desaguisado, me volví hacia él y le dije con amabilidad que estaba equivocado, que desde siempre, Félix se ha escrito con acento en la “e” y con “x” al final. Entonces, bajando un poco sus exigencias por aquello de que si lo dice el maestro tal vez tenga razón, continuó insistiendo:
—Estoy seguro de lo que digo porque un día, andando por el Paseo de la Independencia de Zaragoza, leí un cartel que decía “Octavio y Felez”.
La sorprendente confesión trajo las delicias de todos los presentes, incluido el portugués, que tras la aclaración de su error, se dio por satisfecho. Recordará el lector que en aquella época existía en el Paseo de la Independencia, justo en la esquina con la calle Casa Jiménez, una tienda muy importante, especializada en todo lo relativo a papelería, dibujo técnico, material de oficina, etc. Evidentemente, el portugués, en su afán por aprender, había confundido la palabra “Felez” con “Félix”. Pero no paró ahí la cosa. Su inquietud cultural no tenía límites.
Con esto finaliza mi relato por hoy. En el próximo escrito les hablaré de mis alumnos.
Fernando Sahún Campo
(I) 29-10-07: Destino, Lobera de Onsella
Antes que nada, voy a presentarme. Soy Fernando Sahún Campo, maestro que fui de Lobera de Onsella desde 1964 hasta 1968. Sólo cuatro años, pero suficientes para dejar en mí una huella imborrable. A continuación expongo cómo fue mi primera visita a ese bonito pueblo.
Un día del mes de julio de 1964, al regresar a mi casa tras una agotadora jornada de trabajo en plena siega, me encontré en la mesa del comedor la revista “El Magisterio Español”, a la que estaba suscrito. Nada más pasar algunas hojas, me topé de pronto con mi nombre, donde se afirmaba lo siguiente: “Fernando Sahún Campo, destino Lobera de Onsella (Zaragoza)”. Ante la inesperada noticia, llamé a mis dos hermanos, con los que solía formar equipo en los trabajos agrícolas, y les dije:
‑Mirad si soy famoso, que aparezco hasta en los periódicos.
Tras comentar lo que significaba aquello, regresamos a los asuntos de la casa, que era lo que más urgía en aquellos momentos. Sin embargo, a partir de aquel día nació en mí una curiosidad enorme por averiguar dónde se encontraba ese lugar y cuáles serían sus características. Nada mejor para ello que acudir al mapa de carreteras que tenía en los papeles de la moto. Me consoló comprobar que se encontraba en las proximidades de Sos del Rey Católico, lugar que tampoco conocía, pero que me resultaba más familiar por su frecuente aparición en los libros de Historia.
‑Habiendo tantos pueblos en la provincia de Huesca, han tenido que destinarme a uno de la de Zaragoza, ‑me decía para mis adentros. Menos mal que tengo moto y con ella llegaré al fin del mundo, si hace el caso.
La siega terminó, la trilla también y el mes de agosto tocaba ya a su fin. No quería aventurarme a comenzar el curso sin comprobar antes dónde se encontraba y cómo era el pueblo al que había sido destinado. Uno de los últimos días de agosto me subí a mi moto, y mapa de carreteras en mano, cogí la dirección Huesca, Ayerbe, Bailo y… ¡Alto! Allí había un desvío que podía conducirme hasta Lobera de Onsella. Llegar a esta localidad no resultaba fácil si se venía de la parte de Huesca. Tanto por el sur, como por el norte, había que dar un gran rodeo para llegar a ese pueblo. Y esa carretera, la que se desviaba en Bailo, según el mapa, parecía el recorrido más corto. Subir hasta Puente la Reina, Berdún y Artieda suponía dar un mayor rodeo, aun dando por hecho que la carretera estuviera en mejores condiciones. Animado por ese razonamiento, encaré mi moto “Bultaco” en la dirección que señalaba el indicador, “Larués”, y aceleré. Pronto me percaté del terreno en que me había metido. La carretera, de tierra, era infernal. A los innumerables baches, habituales por entonces en este tipo de carreteras, había que añadir los montones de grava y los surcos producidos por las tormentas veraniegas. En esas condiciones, la conducción se convertía en una actividad temeraria.
Una vez dejado atrás el pueblo de Larués, la carretera permaneció solitaria durante mucho rato, sin encontrar señales de vida por ninguna parte. De pronto, allá a lo lejos se divisaron unos tejados. Según había visto en el mapa, debía tratarse de Bagüés. Pasada esta localidad, de nuevo me encontré con la única compañía del ruido del motor, hasta que al doblar una curva, allá, en el fondo del valle, se vislumbraba otro pueblo. Al pasar junto a él, pude leer: “Pintano”. Todo me parecía extraño. El paisaje, quemado por un mes de agosto caluroso y seco, presentaba más un aspecto lunar que terrestre. Había instantes que al levantar la vista, los pocos segundos que me lo permitía la arriesgada carretera, me daba la impresión de que me encontraba en medio de un desierto. Ya sé que en otras épocas del año el valle de Los Pintanos es verde y bonito, pero aquel día se había juntado la sequedad del terreno con el color del rastrojo de los campos recién segados. Cuando ya estaba ansioso por encontrar el horizonte, apareció ante mí un nuevo grupo de casas. Undués-Pintano, rezaba aquella tablilla que había clavada a la entrada del pueblo.
A partir de ese punto, la carretera comenzó a ascender hasta encontrarse con otra que procedía de Artieda en dirección a Sos del Rey Católico. De pronto apareció ante mis ojos el amplio valle del río Onsella. Como ocurría en el de Los Pintanos, presentaba también un color blanco grisáceo, como consecuencia de la sequía y los rastrojos de los campos. La carretera tenía mejor piso, pero las curvas y la bajada pedían precaución. Pronto pasé junto a Urriés y llegué a Navardún, donde pude leer, por primera vez, el cartel de “Lobera de Onsella”. Ahora, la carretera, aún siendo regular, por lo menos era casi llana y despejada. Mis latidos, al unísono con los de la moto, se iban acelerando tal como me acercaba a mi destino. Allí, próximas a la carretera, corrían perezosas las escasas aguas que transportaba el río.
Una vez sobrepasadas las casas de Isuerre, que se asomaban al borde izquierdo de la carretera, descubrí a lo lejos, sobre un montículo, lo que parecía ser un campanario. Unos kilómetros más adelante me encontré con el desvío y un letrero, que señalando hacia la derecha, insistía “Lobera de Onsella”. Crucé el puente de piedra y comencé a ascender lentamente por la suave pendiente de la carretera. Tenía mucha curiosidad por llegar, pero al mismo tiempo la responsabilidad o el miedo a lo desconocido hacían que mi mano derecha se resistiera a girar el acelerador. Al salir de la primera curva, desde allá arriba, como jugando al escondite, me observaban el campanario, las escuelas (entonces no lo sabía) y algunos edificios más.
Cundo me aproximaba a las primeras casas, me llamó la atención un campo situado en la margen derecha de la carretera. Con el tiempo me enteraría que se trataba de una propiedad del Sr. Olegario, quien presumía, al parecer con razón, de tener la finca de cultivo de mayor extensión de todo el término de Lobera de Onsella. Al avanzar un poco más, de pronto, un murmullo de voces se mezcló con el ruido del motor. Allí, en el lado izquierdo de la carretera, se levantaba un espléndido lavadero público (a veces me pregunto si seguirá todavía en pie), donde seis u ocho mujeres, de todas las edades, conversaban a voz en grito para sobreponerse al golpeteo de las paletas, que zurraban con saña a las indefensas sábanas. Al observar la vitalidad, el compañerismo y la alegría de aquellas damas, dominado por mi timidez, detuve la moto a cierta distancia del lavadero. Descendí del vehículo, con los huesos y músculos algo agarrotados por el largo camino y, visto que no había nadie por allí cerca más que las activas y dicharacheras lavanderas, me dirigí hacia ellas, algo cohibido, pero procurando disimular.
‑Buenos días. Por favor, ¿podrían ustedes indicarme dónde puedo encontrar al Sr. Alcalde? –les pregunté sobreponiéndome a mi agobio ante aquellas amables damas, que me observaban con curiosidad.
Enseguida, una de ellas, a indicación de las demás, dejó lo que estaba haciendo y me dijo:
‑Venga, que le acompaño a su casa. –Y echó a andar delante de mí.
Un cuchicheo sordo, procedente del lavadero, iba quedando atrás mientras nos alejábamos. ¿Será el nuevo médico?, ¿tal vez el secretario?, ¿algún maestro?, ¿el cobrador de la contribución? Estas y otras preguntas, tal vez, eran objeto de comentario. Ascendimos por una calle con bastantes piedras (Bradinal), atravesamos la plaza y allí, al fondo, se encontraba la casa del Sr. Alcalde. Mi acompañante llamó a voz en grito a la señora de la casa, sistema mucho más eficaz que el de los timbres, quien pronto apareció en el balcón, para bajar después a la puerta principal.
Después de agradecerle a mi acompañante su ayuda, me presenté a la dueña de la casa y le pregunté por su marido, el Alcalde. Dijo que llegaría de un momento a otro porque era ya mediodía. Unos minutos de espera, que aproveché para contemplar la plaza a través del balcón, y allí estaba ya el Alcalde de Lobera de Onsella. Se llamaba Santos Buey. Era un hombre alto, fuerte y de buenas maneras. Estuvimos hablando unos minutos; el matrimonio me dijo si deseaba tomar algo y, a continuación, me acompañó a las escuelas. Mientras caminábamos, se interesó por mis intenciones profesionales, preguntándome si tenía previsto permanecer un tiempo prolongado en el pueblo o si mi destino era provisional o transitorio. Señaló que el cambio constante de maestros no favorecía nada la buena marcha de la educación de los niños. Yo le contesté, con toda confianza, que en mi nombramiento decía: “Propietario definitivo de Lobera de Onsella” y que no tenía otro plan más que el de ejercer allí mi profesión de forma indefinida, a la espera de lo que el futuro pudiera depararme. Asimismo, me explicó que el tema de la pensión estaba resuelto, ya el maestro que me había precedido se alojaba en casa de Molinero, y así sería ahora. El Sr. Santos Buey me pareció una persona inteligente, sensata, educada y muy preocupada por los asuntos de su pueblo. Transcurridos los cuatro años de mi estancia en aquel destino, fue él quien, tal como había hecho con la toma de posesión, firmó mi cese como maestro de aquella escuela.
Al marcharme, una vez comprobada la amabilidad y franqueza con que todos me habían tratado; una vez localizada mi futura escuela en una atalaya tan bonita, desde cuyas ventanas la vista planea sobre los tejados en dirección a la Sierra de Santo Domingo, subí a mi moto, aparcada no lejos del lavadero, hice un ademán de despedida a las ya pocas señores que continuaban allí, y me encaminé carretera abajo, mientras pronunciaba con satisfacción en mi interior: ¡Hasta pronto, Lobera de Onsella!